13/09/09

Una flor marchita...

Historia de la Golondrina

Entre los vaivenes caprichosos del sol y las corrientes ondulantes del aire, la figura inquieta y vivaz de la golondrina planea silenciosa sobre las calles requemadas y los apretados tejados de la ciudad. A ras de suelo o desde elevadas y vertiginosas alturas, busca desesperada un lugar donde posar su cabecita atolondrada, lejos del frío y yermo paisaje que acogió sus trinos enloquecedores hasta que Natura dijo basta. Busca un refugio confortable y cálido en el que pueda reposar de tantas angustias y afanes.

La golondrina no busca una mansión, ni un palacio. Su destino son los lugares elevados, por eso los campanarios, las buhardillas de las casonas y los alares de las ruinas son su delicia y donde se halla más cómoda. Unas gruesas vigas de madera, un arquitrabe en el altillo de un viejo café o la techumbre de una vieja casa colonial serán el escondite perfecto para este tenue pulso de carne y plumas que se estremece ante la posibilidad de hallarse sola bajo la cruda intemperie. Además de la altura, la golondrina adora estos lugares porque desde allí no pierde la visión de su paisaje predilecto, que no son los campos verdes e infinitos o el laberinto de calles y ruido en el que se pierden los transeúntes, sino el cielo límpido como un inmenso mar, ese terreno siempre abierto a la fuga, a la huida entre aleteos imprecisos y aparatosos.

Por esta razón no hay que engañarse con la golondrina. Por muy feliz que parezca o por muy tranquila que se sienta en el pequeño lugar que ha demarcado con su pico agudo, en sus ojos se esconde el secreto anhelo de partir y sus alas siempre sienten la tentación del aire que impulsa el vuelo hacia tierras desconocidas, lejos de la seguridad y la paz que tanto buscaba al llegar. No es extraño, por tanto, que la golondrina permanezca solamente algún tiempo en su refugio y luego huya sin dar razón alguna. Su oficio no es la veracidad ni dar explicaciones, simplemente es un ave que va de paso.

Sin embargo, la golondrina posee una virtud: su prodigiosa memoria. Es capaz de regresar al mismo sitio que había abandonado con anterioridad para reconstruir, con exactitud casi matemática, el nido destrozado por el olvido del tiempo. No es una labor cínica ni desvergonzada, como algunos suponen, es sólo que para ella es mucho más sencillo retornar al lugar conocido y nunca hostil, que divagar en busca de nuevos y extraños abrigos. Total, la golondrina piensa que las cosas nunca cambian, aunque el deterioro de los materiales sea más que evidente y la posibilidad de la destrucción esté por caer sobre su cabeza.

¡Pobre de aquel que crea haber atrapado un pedazo de cielo al tener una mujer-golondrina entre sus manos! Su vida oscilará, como las aves migratorias, en siniestros vuelos de cercanía y lejanía, en el ir y venir de una indecisa e inconstante voluntad, y al final se hallará en un rincón solitario lleno de barro, paja y excrementos en el que resonará un doloroso eco: “Volverán las oscuras golondrinas…”

04/09/09

Mi primer cuento

RÉQUIEM POR UN CLOWN

A Paulina

¿Qué haces ahí tirada en el andén con tus ojos cubiertos por la desgracia y el dolor? Cualquier cosa que digas o que hagas no te servirá de nada para intentar reparar esa terrible verdad de la que te has enterado. ¿Entonces qué sentido tiene que sigas llorando sobre la leche derramada y que aún quieras reunir los escombros para armar de nuevo aquello que tú sola construiste y de lo que ahora no quieres desprenderte? Recuerda que no es buena idea guardar muertos en la alacena porque toda la casa puede empezar a oler mal. Entonces deja ya de aférrate a esos pedazos que todavía guardas con insistencia entre tus dedos y déjalos ir.

Recuerdo la primera vez que me hablaste de él. Era una tarde cálida de enero en la que el sol caía sin piedad sobre las calles polvorientas y los tejados grises de tu barrio. Hablaste de él como hablarías de un espectáculo de feria, se notaba en cada una de tus palabras que te habías dejado encantar por sus trucos traídos de Ultramar, por su lenguaje de teutón vencido y por sus grandes y aceitunados ojos. También podía notarse –y cómo no, si todo el aire estaba tan empalagoso que parecía una enorme ola de mermelada flotando sobre el polvo de la acera– que tú querías tenerlo para ti sola, para que te deleitara llevándote cosas extrañas: una pirámide egipcia, el obelisco de Alejandro, la aguja del pajar, una fotografía de la Atlántida y un trozo de la Santa Cruz. Y entonces decidiste apelar a todos los trescientos siglos de tradición femenina acumulados en tí para tejer esa red invisible y pegajosa en la que caería inexorablemente aquel hiperbóreo espécimen del cual te hallabas prendada.

¿Fue él quien cayó en tu red o fuiste tú la que caíste en su imperceptible y vistoso juego de naipes marcados al revés? Nosotros decidimos creer que había sido lo primero cuando te vimos alzar triunfantemente los brazos y gritarle a los cuatro vientos que azotaban la ropa en las terrazas que lo habías conseguido y que, ahora sí, Moisés podía seguir avanzando por el desierto, Julio César conquistando las Galias, y todos nosotros podíamos largarnos al infierno o un poco más allá pues tú ya tenías lo que querías: habías logrado que el hombre de feria, venido de más allá de los siete mares, acostumbrado a dejarse arrastrar por los vientos de agosto, se detuviera por un instante a contemplar tu exótica belleza y a complacerte con sus relatos de Indochina, sus luces de Bengala, sus camisas de Taiwán y sus besos taciturnos de Copenhague.

Creo que fue entonces cuando lo conocí. Sí, fue esa tarde en la que me hallaba escribiendo la triste historia del hombre que se había colgado cabeza debajo de un árbol de duraznos por culpa de las lluvias de abril, cuando lo vi por primera vez. Venía contigo flotando en el aire, a dos centímetros exactos del suelo donde me hallaba sentado. Te tenía cogida de la mano con la firmeza de un ancla de galeón español, como si temiera que la más ligera brisa pudiera llevarte lejos. Y tu lo mirabas con los ojos vacíos, en blanco, completamente absorta en la contemplación de sus cabellos engominados, su nariz de prócer y su mandíbula perfectamente recortada, y sólo cuando me pisaste la cabeza fue que te diste cuenta de que yo existía. Le pediste al Hombre-Diez que te permitiera descender al suelo para saludarme y él te lo concedió, no sin antes marcar tus labios con un beso, como queriendo emular el gesto del propietario que marca con el hierro a su res favorita. Y luego con tu voz penetraste lentamente en mis oídos para contarme que éste que tienes ante tus ojos es el Ser más perfecto de la Creación, la Obra Maestra de los dedos de Dios, la Octava Maravilla, ahora en posesión y dominio exclusivamente míos.

La verdad es que al principio me dejé llevar por su música secreta de domador de serpientes, por su figura de emperador romano y por su aroma de duque inglés, pero después reaccioné y tuve que hallar todos los caminos disponibles para huir del desastre que habría significado el rendirme ante sus pies. Incluso me negué a darle la mano cuando tuvo la compasión de presentarse, pero no lo hice por descortesía (como me lo reprocharías después) sino porque no quería que me hipnotizara con sus malas artes, o que me contagiara con la peste que traía pegada a la piel y de la cual tú eras la primera y única víctima. Luego, los vi alejarse por la calle polvorienta, levitando en un sueño fantástico y alucinante por encima de los niños que jugaban en los andenes, mientras que yo, triste y miserable mortal, me complacía en mi solitario rincón contemplando el atardecer y también el pedazo de yeso que se había desprendido de la cara de tu Superman nórdico sin que te hubieras dado cuenta.

Durante las dos semanas siguientes me dediqué por completo a estudiar aquel singular fragmento. Podía ser el espolón de un barco, la escalera de una pirámide azteca, el menisco de un futbolista, el largo brazo de la Ley, o todas las cosas al tiempo o quizá ninguna: todo dependía de la posición en que fuera colocada esa diminuta pieza de yeso. Pero aún no entendía cómo había logrado desprenderse de la cara de aquel hombre, dignatario plenipotenciario de los confines del Orbe y heredero de los arcanos de todos los magos del Oriente y más allá. Y la curiosidad, gusano gigante que devora sigilosamente la tranquilidad del espíritu, hizo que me encaminara hacia la casa de aquel tipo y averiguara qué era lo que estaba sucediendo.

No tardé mucho en atravesar las trece cuadras que me separaban de la carpa gigante en la que él vivía. Me tropecé enseguida con los esqueletos de siete payasos entretenidos en demostrar que el tiempo es tan sólo el paso misterioso de esferas innombrables sobre las cabezas de los espectadores. También encontré un pájaro trapecista, un león del Senegal, una bailarina tailandesa huérfana de hijos y con un viejo que comía espadas damasquinas para mitigar el hambre centenaria. Pero a él no lo encontré, a pesar de que pregunté con insistencia y hastya hice voltear la arena de la pista para ver si se había ocultado allí, pero todo fue inútil. El hombre se había esfumado.

Me devolví lentamente hacia mi casa meditando a cada paso lo que debería hacer: tendría que olvidarme del asunto o seguir luchando para vencer mi curiosidad. Lo cierto es que, mientras caminaba, iba encontrando más pedazos parecidos al que yo tenía; los recogí con afán, con devoción y el rastro me condujo directamente hacia tu casa donde te encontré llorando, con más trozos de yeso entre las manos y dispuesta a contarme qué te había pasado.

Y lo hiciste. Me dijiste que él había llegado a tu puerta, pero ya no era él, ese él de quien tú te habías enamorado, de quien te habías adueñado. Ese él era otro, era todo lo contrario a tu Príncipe Azul, era el sapo de jeta enorme, era el bufón decapitado, era el horror encarnado, la muerte misma que había venido a probarte… pero allí estaban su cara radiante, sus labios perfectos, su cabello engominado… entonces, en un ataque de desesperación e incertidumbre, le agarraste con fuerza la cara y tiraste de ella hacia ti, y esa cara de desprendió como una lápida gris y muda, y sólo quedó en él esa expresión horrible y magra de la que no quieres ni acordarte por miedo a soñar con ella esta noche.

¿A dónde se fueron sus encantos, sus trucos, sus juegos, y sus artificios? ¿Dónde están sus palabras deslumbrantes, sus exóticos regalos y sus magníficos corceles? ¿Dónde han quedado tanta belleza, tanta galantería y tanta apostura? Con desesperación me gritas: No lo sé, no lo sé, pero en el fondo sí lo sabes. Están allí, en el final de los pedazos que aún intentas armar para que este sueño no se te escape, para seguir alucinando con cada una de sus caricias. Pero todo es inútil, esa máscara rota que quieres reparar, esa máscara que cubría su rostro, esa máscara que te hizo perder todo juicio y toda razón, esa más cara es la que te ha traído la muerte para burlarse de tí y que ahora te deja tirada en el andén, con los ojos negros, cerrados por el dolor, y con esa herida que no cierra y que está tiñendo de sangre y de espanto las calles del barrio.

23/08/09

Una flor marchita...

V. Historia del Satélite

Atado etimológicamente de pies y manos, el Satélite será siempre un cuerpo celeste que gira alrededor de otro describiendo una órbita regular y perfecta. Con su voluntad irremediablemente reducida a los periplos y deseos del planeta posesivo, el pequeño y solitario trozo de materia estelar se consideraría afortunado si lograra dar el mayor número de vueltas en el menor tiempo posible; pues está convencido de que allá, en la superficie de su amado planeta, la gente que lo habita quedaría boquiabierta con tan maravillosa muestra de amor y devoción. Pero lo que el Satélite ignora por completo es que el centro de sus afanes y desvelos tan sólo lo ve como un mísero punto, una molesta mosca sideral que vuela de aquí para allá ensuciándolo todo con su desesperante inercia y sus pálidos reflejos.

De vez en cuando veo pasar un sistema Planeta-Satélite. Es fácil distinguir quién es quién, porque el planeta no puede ocultar su geografía arrogante y compleja que lo hace patente ante los ojos de los astrónomos desprevenidos, quienes observan cómo este sostiene fuertemente de la elíptica derecha al pobre Satélite, que con los ojitos bañados en el más dulce y delicado de los plenilunios, va siendo arrastrado por toda la avenida hasta el paradero más próximo donde el cuerpo mayor accede a separarse del menor hasta el próximo eclipse.


Pero no sólo existen sistemas Monosatelitales, también los hay Plurisatelitales. Estos son propios de Planetas grandes y extensos que creen abarcarlo todo al tener una o más lunas girando alrededor de sí mismos y que se dan el lujo de tener varios eclipses en el día o en la semana gracias a la complaciente idiotez de sus leales corpúsculos. Esto al Satélite no le importa, pues embelesado como está, mirando la hermosa y brillante faz del objeto de su dilección, no tiene el tiempo ni la astucia suficientes para intuir que existen otros como él, girando sin sentido alrededor de la gran masa de materia que se ríe de sus caras opacas e inertes.

Mas el Satélite seguirá en órbita alrededor de alguien por toda la eternidad, cumpliendo estrictamente los horarios establecidos para cambiar de fase y de humor: un día mostrará una alegría creciente o una inseguridad plena; una lujuria menguante o una ilusión nueva (en esta última fase es donde se debe tener más cuidado, ya que algún Planeta o estrella fugaz puede pasar muy cerca y destruir para siempre ese sistema que todos consideran el perfecto reflejo de la Armonía de las Esferas Celestes). No importará cuál sea la fase de turno, no importará si está en apogeo o perigeo; siempre que se alce la mirada se encontrará el rostro sereno de algún Satélite errante por las calles que pide a gritos la protección de cualquier Planeta.


Las Mujeres-Satélite son eso: cuerpos que viajan conservando su inercia y creyendo que en toda la galaxia no existe nada más fantástico y deslumbrante que el girar una y otra vez alrededor del mismo imbécil de siempre.


11/08/09

Carta del suicida

CARTA DEL SUICIDA

(Escrito póstumo para un amor que nunca lo fue)


¿Quién soy? ¿A dónde voy? Podría ser lo mínimo del espacio infinito, una gota de agua suspendida sobre un océano negro agitado constantemente por las puntas de las alas del ángel de la fatalidad.

Un rouseau pensant, dice Pascal, una caña pensante mecida por el viento de la incertidumbre, algo falible, una pasión inútil. ¿Sueno fatalista acaso? Sí, porque la única certeza que ahora tengo (y abre bien los oídos aunque te duelan), la única certeza que tengo y que tienen los millones de personas que arrastran su miserable existencia por la faz de la agónica tierra es la de que, algún día, su vida dejará de arder como la antorcha al amanecer, como la estrella al explotar, como la luz al ser devorada por las tinieblas. La única certeza que el hombre tiene desde que nace es que va a morir.

En suma ¿quién soy? Soy algo con una sola certeza: la de mi propia muerte. De lo demás puedo dudar: del amor, del dolor, de la felicidad, de mi propia existencia, de ti, de los demás. Todas estas cosas son pequeñas y pasajeras, contingentes, podrían ser o no ser. Pero el amor es lo más trivial y mutable de todo: nace de una manera que nunca seré capaz de explicar y vive de formas tan extrañas... en esto es parecido al fuego, que crece oculto al hombre, varía, se expande, se contrae, es voluble, no permanece, se apaga si no se le alimenta; pero si se alimenta demasiado crece desproporcionadamente y lo consume todo... pero a pesar de esto sigue siendo una cosa trivial, la mayor que puede encontrarse en esta vida. ¡Es tan variable y tan efímero! Muere a la primera señal del abandono y del sueño.

El amor, veneno de los dioses y de los hombres, parecido en todos sus efectos al peor de los alucinógenos: mientras estás enamorado ves todo color de rosa, ves elefantes morados, margaritas que se deshojan, lluvia suave que cae sobre ti y te empapa, un sol que seca todas tus lágrimas y que sólo sale para ti; felicidad cayendo a diestra y siniestra. Tu cuerpo se estremece al vaivén de las pasiones y los sentimientos. Podrías morir de hambre si no tienes el aliento suave de sus palabras entrando con una fuerza y una luz enorme por cada uno de tus poros. Preferirías morir de sed si no recibieras el agua fresca y helada de sus besos deslizándose por tu piel. Pero como todo alucinógeno el amor tiene sus desventajas, todo en esta vida tiene un final y no hay cosas eternas. Aunque juraras por todos los dioses del Cielo y del Averno que cumplirás la promesa que hiciste de amar a alguien por el resto de tu vida, aunque lucharas con todas tus fuerzas y arrestos y aunque dieras tu vida para que aquella fuerza maravillosa que ha golpeado tu vida y vive en cada una de tus células no acabara jamás, sabes que no puedes perpetuarlo. En este caso el amor se convierte en una especie de drogadicción, que como todos los casos de drogadicción, es el estado más lamentable de la existencia.

Cuando el amor muere tan sólo queda el vacío y la soledad, es como hallarte perdido en una plaza, en medio de toda la gente que habla un lenguaje que no comprendes y aquella persona con la que ibas tomado de la mano, caminando tan seguro y confiado, sintiéndote grande y triunfador ya se ha ido y te ha dejado ahí tirado a la puerta, mojado y tiritando de frío. Aquel sol que calentaba, mantenía y sustentaba tu vida se ha apagado de repente y empiezas entonces a morirte de frío, de soledad y de angustia. ¿A dónde mirar si sólo hay sombras? ¿hacia dónde caminar si sólo hay oscuridades? ¿qué hacer si sólo hay desaliento, frustración y ganas de morir?

Por tal razón jamás (abre bien los oídos y el cerebro junto con tu caprichoso corazón. ¡Ábrelos bien y no me digas que nunca te lo dije!), jamás dependas de un amor como si dependieras de una droga, como si dependieras del agua, de la luz, del aire o de la tierra... ¡Jamás dependas del amor! Nunca confíes en los traicioneros ojos, en las engañosas palabras, en los débiles susurros, en las falaces promesas de un ser humano que te ofrezca compartir su efímera vida contigo. Desconfía de todo esto tal como desconfiarías de un mentiroso espejismo en el salvaje calor del desierto. Huye de alguien enamorado como si huyeras de la serpiente, como si huyeras de alguien contagiado de la peor peste de todas, como si le huyeras a la muerte misma; porque el amor y la muerte son una misma cosa, son las dos caras de una misma moneda llamada destino humano. Prefiere morir antes que amar, prefiere arrojarte desde lo alto de un barranco al vacío antes que lanzarte de lo alto de tu vida a la incertidumbre de unos brazos que te reciben llenos de espinas y desprecios. Prefiere cegarte antes que contemplar una belleza de la cual nunca serás dueño; prefiere encontrar primero una buena razón para morir, que mil razones para amar. Nunca ames, porque amar es invocar la muerte, es crear con un sí para luego destruir con un no; amar es desperdiciar la vida, la miserable vida que tienes en otra vida aún más miserable que la tuya. Que el amar te sea tan prohibido como el matar, amar es morir en vida, nunca lo olvides. Y por último nunca ames, porque al amar a alguien, lo único que haces es matarlo con la peor muerte que puede existir... muerte por amor, por lo más vano e inútil de la vida, el peor de los motivos para morir.