NADA MÁS DIFÍCIL
Her beauty and the moonlight overthrew you/
She tied you to her kitchen chair/
She broke your throne and she cut your hair/
And from your lips she drew the hallelujah.
Leonard Cohen, Hallelujah.
El espejo no miente. Al fondo habitan el pasado y sus eternos hielos en los que tú y yo somos una ilusión nada más. Ese rostro demacrado y lento en el que ya ni me reconozco no hace otra cosa que burlarse, como si cada dolor, cada lágrima que he derramado en estas noches en las que en vano he esperado alguna noticia tuya no hubiesen sido suficientes y aún me quedaran ganas de sufrir, de esperar, de soñar con esos futuros maravillosos en los que nada malo podía pasarnos pues nos teníamos el uno al otro y toda nuestra sangre y nuestra piel eran como una absurda garantía que ahora no sirve de nada… pero el espejo no miente y sigo solo, verdugo inconmovible de mi mismo, inflingiéndome una absurda tortura en la que cada recuerdo, cada palabra dicha, cada risa colgada en el aire rancio y franqueado por la tarde lejana es un nuevo garrotazo en la cara, un escupitajo más en lo recóndito del alma.
Her beauty and the moonlight overthrew you/
She tied you to her kitchen chair/
She broke your throne and she cut your hair/
And from your lips she drew the hallelujah.
Leonard Cohen, Hallelujah.
El espejo no miente. Al fondo habitan el pasado y sus eternos hielos en los que tú y yo somos una ilusión nada más. Ese rostro demacrado y lento en el que ya ni me reconozco no hace otra cosa que burlarse, como si cada dolor, cada lágrima que he derramado en estas noches en las que en vano he esperado alguna noticia tuya no hubiesen sido suficientes y aún me quedaran ganas de sufrir, de esperar, de soñar con esos futuros maravillosos en los que nada malo podía pasarnos pues nos teníamos el uno al otro y toda nuestra sangre y nuestra piel eran como una absurda garantía que ahora no sirve de nada… pero el espejo no miente y sigo solo, verdugo inconmovible de mi mismo, inflingiéndome una absurda tortura en la que cada recuerdo, cada palabra dicha, cada risa colgada en el aire rancio y franqueado por la tarde lejana es un nuevo garrotazo en la cara, un escupitajo más en lo recóndito del alma.
Tú, ríes en la distancia del reflejo, quizás enarbolando tus banderas triunfadoras sobre esos arcos de mármol que habrás ido construyendo en miles de bares, envuelta en grotescas músicas, deslizándote entre el deseo de quienes darían la vida por morir entre tus ojos; mientras eso pasa yo me dilapido desconcertado en los laberintos de mi desértica habitación donde sólo el espejo se atreve a mirarme. Pero ya he estado aquí antes, este espacio, este suelo, estas paredes solitarias ya las conocía antes que a ti; es extraño que me pregunte dónde estarás, qué andarás haciendo, si esta noche saldrás a bailar y si por mi parte iré a perderme entre el humo y la algarabía de cualquier calle de Ningunaparte, donde nadie reconozca y culpe a este rostro, a este hombre que se ve tan diferente, a este cuerpo que se pregunta por el frío del tuyo. Es extraño que esté parado frente al espejo como tantas otras veces y vea en mi reflejo las marcas de tu silencio, las astillas de mi trono despedazado por tus encantos y los trozos de cabello que me arrancaste junto con mi orgullo y mis ganas de seguir adelante. Es extraño que me sienta como un rey sin su corona, como un proscrito, como un exiliado de un paraíso inexistente en el que alguna vez creímos habitar, ese tiempo en el que me dejabas saber qué ocurría realmente contigo y no tenía que recurrir, como ahora, a la intuición, la conjetura y otras artes adivinatorias; ese tiempo inverosímil y perfecto en el que cada suspiro que dibujábamos era un canto sagrado, el aleluya perfecto y simple de nuestra resurrección. Quizá lo merecía, quizá era necesaria esta insólita prueba frente al espejo de mi soledad, frente a tu abandono irreversible y tu silencio. Todo lo que sé ahora sobre tu amor no me sirve de nada pues tengo el pecho destrozado por tus dedos helados y marchitos. Mi hora se acerca poco a poco, en mis manos yertas no se posan los recuerdos felices de otros días sino las ganas de huir, de romperlo todo; en mis oídos suenan los timbales del olvido, los redobles de aquel que se apresta a convertirse definitivamente en parte del pasado, los gritos marciales que me ordenan salir de tu vida y sé que del otro lado no habrá nada más difícil que eso: vivir sin ti. Estos últimos pasos desde el baño hasta la ventana abierta sobre el vacío son una marcha fúnebre, pues el amor no es ni será nunca una marcha victoriosa.
(Basado en Si no te hubieras ido, de Marco Antonio Solís y Hallelujah, de Leonard Cohen).
2 comentarios:
Muy buen cuento, a decir verdad es el mejor que he leido de todo tu trabajo, además la fuente de la cual partes... jajajaja tu nunca cambias,pero esa es la música con la que crecimos, que le vamos hacer yo escuchaba eso de niña!!!!
yo le dije que no lo quite...que gusta!!!
Publicar un comentario en la entrada