02/04/08

Infierno I, 1 (cuento con fuente metaficcional)

INFIERNO; I, 1.


Camino silencioso en medio de la oscuridad mientras mi mente va perdiéndose entre miles de imágenes confusas y distorsionadas. No sé realmente cómo vine a parar a este lugar al que mis ojos no se acostumbran todavía, ni mis manos aciertan a descubrir; por más que me esfuerzo en recordar, no puedo hallar en mi memoria el instante previo al hecho de descubrirme solitario en este vacío húmedo y desolado. A lo lejos empiezan a adivinarse unas brumas grises y espesas que dejan entrever un más allá cercano y tal vez cálido e iluminado. Me dirijo hacia ese lugar avanzando con pasos vacilantes sobre el fango en el que siento que me hundo lentamente. Caigo una, dos, tres veces; pero aún me sobran fuerzas suficientes como para ponerme de pie y creer en esa última esperanza que se avista al final del sendero. El fango es cada vez más resbaloso y debo hacer mayores esfuerzos para continuar adelante y no dejarme vencer, pues siento dentro de mí una pasión extraña, un ímpetu que jamás había sentido y que me impulsa a ir hacia la luz que diviso al final de esta tortuosa senda. Pero a la vez que siento este impulso feliz, me tiembla el alma y recuerdo todas esas cosas que ya creía olvidadas y sepultadas en lo más remoto de mi pasado: el rostro de mis padres, un atardecer a la orilla del río, la condena a destierro que injustamente me impusieron... la última vez que la vi en el puente mientras caminaba por aquella calle rodeada de sus amigas...

Ella, la ausente, el rostro que nunca pude contemplar de nuevo, pero que una vez visto jamás pude olvidar. Tal vez este extraño recorrido, este absurdo lugar en el que me encuentro no sea más que mi propia alma abandonada y ruinosa en la que me encuentro atrapado buscando una salida que quizá lleva su nombre: Beatriz. Todos los caminos que transite, a los que me dirija tratando de olvidarla, me conducirán directamente a ella. Y lo sé y lo acepto con una resignación atroz, con una especie de masoquismo feliz, pues sé de antemano que ella es el fin último de mi vida, el punto perfecto de equilibrio entre lo que quiero ser y lo que debo ser... Pero ya de nada sirven estas tardías consideraciones, solo me queda seguir caminando hacia las nieblas grises y luminosas, hacia ese paraíso que se adivina al final de este infierno circular, insípido, húmedo y cenagoso donde transcurre una vida que me sabe extraña y confiar en la ciega pasión que llevo velada conmigo como si de algún valioso tesoro se tratara. Por eso camino, camino con mis pasos resbalosos y vacilantes; escuchando una voz extraña y amistosa a la que he llamado Virgilio, pero que no es otra cosa que mi conciencia disfrazada, ese fantasma perpetuo y sensato que me indica la forma más adecuada de alcanzar la luz que tanto anhela mi alma. ¿Hasta cuándo caminaré? No tengo aún una respuesta. Quizá ya estoy muerto y este es mi infierno personal, mi propia creación en la que estaré condenado a sentirme esperanzado y fatigado; a recordar, olvidar y anhelar una y otra vez por toda la eternidad.