02/04/08

Un recuerdo (cuento)

UN RECUERDO

“Amor, que no exime de amar a ninguno que es amado,
tan íntimamente me unió al afecto de éste, que,
como ves, no me ha abandonado aún.
Amor nos condujo a una misma muerte...”
Divina Comedia, Infierno, V.

Pudo haber sido de esta manera – dijo él -:

“ ¡Ah, qué estúpido es todo esto!” Dirá el hombre en este bar que es muy parecido a una caverna, aunque este no sea su nombre, ni venga al caso decir cuál es. “ ¿Qué hago aquí sentado en esta mesa, teniendo al frente un líquido amarillento con aspecto de elixir milagroso? Ah sí... pretendo cerrar una herida abierta... ¡Como si todas las cosas abiertas tuvieran necesariamente que cerrarse! ¿Y no sería mejor vivir con ella abierta por el resto de mis días?... No, el espectáculo resultaría desagradable: sangre escurriendo todo el tiempo, manchándolo todo, la fetidez de la carne en descomposición... No, es mejor que se cierre de una vez para siempre...” Y dirá esto mientras apura un sorbo de cerveza de la botella casi vacía, al tiempo que una lágrima muda y serena se desliza por su rostro. Dejará entonces la botella en la mesa y con el dorso de la mano –derecha o izquierda, la que prefieras- se secará esa lágrima.

Solo habrán pasado entonces dos días desde que aquellas palabras le destruyeran la vida. No será fácil el instante en que encontrará a su mujer, la abnegadísima mujer que un día jurara ante el altar de Dios (y aquí ya ha cometido el primer error: confiar en promesas de mujer) amarlo toda la vida, o al menos hasta que la muerte, (o como ha sucedido en este caso, el hombre que la besa apasionadamente en la esquina) los separe. No le preguntará qué hacía allí con el tipo aquél, pues sabe de sobra lo que hace y lo que ha hecho ese tipo ahí y en otros lugares más secretos. Una sola será la pregunta y una sola la respuesta. ¿Por qué lo has hecho? No lo sé, simplemente he dejado de amarte... como si el amar a alguien fuera una narración que empieza cualquier día y cuando ya no hay más nada que decir se acaba.

“¡Ha dejado de amarme, la muy puta ha dejado de amarme! ¡Otra cerveza!” gritará entonces el hombre, aunque no sea costumbre en él gritar ni vociferar por cualquier cosa, pero en estas situaciones del espíritu es imposible pedirle a alguien que se acuerde de sus costumbres y mantenga su careta de hombre bueno y respetable. Aquí está su cerveza, don Rafael. Muchas gracias. ¿Le sucede algo? No, no es nada. Pero es muy raro verlo a usted aquí entre semana... ¿No sería más raro aún si me viera aquí todos los días? Sí, tiene razón. Permiso don Rafael. Siga no hay problema. Y esas últimas palabras se las habría dicho sin ninguna complicación al amante de su mujer: Siga, no hay problema, está en su casa. ¿Se siente cómodo? ¿Le provoca un tintico? ¿Acaso un cigarrillo? ¿No? Perfecto. Entonces los dejo solos. Voy un instante al bar a tomar un par de cervezas mientras usted se come a mi mujer las veces que quiera o las que el cuerpo le aguante, porque sencillamente ella ha dejado de amarme y ahora lo prefiere a usted. Adiós y buena suerte.

Y entonces vendrá la imaginación, la loca de la casa, el hada milagrosa en ayuda de este Rafael que, aunque tiene nombre de arcángel, no tiene ni fuerzas, ni espada, ni legiones celestiales para luchar contra el terrenal acontecimiento de que su mujer ha dejado de quererlo y ahora debe estar (según el dictado de la acalorada imaginación de Rafael) revolcándose y gimiendo de placer bajo el pesado y consistente cuerpo de aquel amante que se ha conseguido para mitigar sus ansias de amor. Entonces bajará la cabeza para no imaginar más cosas que pudieran acabar de destrozar los escombros de su alma que han quedado esparcidos por allí y llevará a su boca un nuevo sorbo de elixir milagroso que le permitirá, si no cerrar la herida, por lo menos atontar esta cruda, oscura e insensible realidad.
“Abrazos por balazos y besos por puñaladas” repite el viejo estribillo en los negros altavoces de este asqueroso bar que, comparado con su casa, resultará para Rafael el Paraíso Terrenal. Y para este momento carecerá de sentido, aunque así lo haga, recordar ese día que podría haber sido el más feliz de su vida de no atravesarse ahora este imprevisto acontecimiento. Recordará entonces que ese día se había vestido de implacable negro y ella de un castísimo blanco que resultará irónico a estas alturas del relato. Volverá a escuchar las destempladas notas de la marcha nupcial de Mendelsöhn que salían del viejo órgano de la iglesia y que serían el preludio de la majestuosa sinfonía que vendría de ahora en adelante. Y reventarán en los tímpanos de la memoria las palabras de aquel día: Sí, acepto. Sí, acepto. Yo, Rafael, me entrego a ti como tu esposo, para quererte, amarte y respetarte por toda la eternidad. Yo, Helena, me entrego a ti como tu esposa para traicionarte de aquí a dos años, porque para entonces habré dejado de amarte, quererte y respetarte lo suficiente como para hacer el amor con mi amante tantas veces como mi cuerpo lo permita. Y de nuevo verá volar los granos de arroz sobre su cabeza como un augurio de prosperidad, al mismo tiempo que volverá a recibir las hipócritas felicitaciones de todas las autoridades civiles, militares, eclesiásticas y familiares que han asistido a esta comedia.

Dará un puñetazo en la mesa mientras maldice el día, la hora, el minuto, el segundo en que el amor lo hizo caer bajo los pesados ojos y las falsas palabras de una perra cualquiera, infiel como todas, caprichosa y banal; y terminará hundiendo la cabeza entre los brazos cruzados sobre la mesa y de sus ojos brotarán dos gotas del más profundo dolor, porque no creas que en el amor todo es felicidad. También se sufre y de qué manera, fíjate nada más en este hombre que lo único malo que ha hecho es creer ciegamente en el amor de su mujer y hace dos días se ha estrellado de frente con la sencilla y fría realidad de que ella ya no siente nada por él y, como a cualquier operario de industria, le ha sido notificado su despido y ha sido reemplazado inmediatamente por un nuevo operario, sin que se le haya dado tiempo de preguntar por qué. Pero así es esta complicada maquinaria que llamamos amor, necesita alimento y fuerza, y si alguna de esas cosas no está en el momento que se le necesita, simple y llanamente se detiene, se oxida y no vuelve a servir para nada. ¿Cuándo comprenderás que el amor es tan sólo un paso entre nacer-crecer y reproducirse-morir? Pero desgraciadamente aún quedan espíritus que derrochan indecorosamente cada instante de su vida con el único fin de quedarse para siempre en este banal e intrascendente paso; como Rafael que se habrá puesto de pie, pagado las dos botellas de elixir milagroso que se ha bebido, saldrá de la caverna con ínfulas de bar y se irá caminando hacia su casa con una sola frase atravesada entre la mente y el corazón: “simplemente he dejado de amarte. Simplemente, así, de la noche a la mañana, ayer te amaba, hoy ya no quiero ni mirarte. He dejado de amarte como podría haber dejado de usar esto o aquello, de ponerme el vestido azul o el rojo; como ayer estaba contigo y mis besos y mi ser te pertenecían y hoy ya son para otro... ese otro que ahora me da lo que tú ya no puedes darme”. Y Rafael se habrá desplomado sobre el andén como una estatua que ha perdido su pedestal, mientras que la noche irá cayéndole encima como un bloque de hierro y toda esta narración habrá tomado más tiempo que el que le tomará a Rafael secarse las lágrimas, levantarse del suelo, entrar al edificio gris de puertas verdes, subir corriendo las escaleras, entrar en el apartamento, desenfundar el revólver 38 largo, darle a su mujer tres besos de plomo, dos patadas del mismo material al joven que yace al lado(una menos que a la mujer, pues a ella la quiere más) y atravesarse el cráneo con una caricia de estas, mientras repite en medio de su delirio: “ahora sí puedes decir que has dejado de amarme para siempre”. ”

- Sí, tal vez fue así –dijo ella mientras se contemplaba el alma abaleada en las oscuras aguas del Leteo- aunque tú conoces a Rafael: con él nunca se sabe.

CAMVIOS©
2001/2005