09/06/08

Cuento con cambio de narrador

UN AGUJERO EN EL ZAPATO DEL PIE DERECHO

La vida (…) es un cuento
Contado por un idiota,
Lleno de ruido y de furia,
Y que no significa nada.

Macbeth, William Shakespeare.

Al principio, la conferencia Wittgenstein y el análisis lógico-semántico del discurso sociopolítico parece interesante, dada la importancia que la influencia de este filósofo ha alcanzado dentro de las ciencias humanas y sociales contemporáneas y, sobretodo, por la seriedad y la firmeza con que la maestra expositora conduce la sesión sobre tan importante autor y su no menos relevante legado. ¿Cómo decirlo? Fue algo repentino, sin la más absoluta importancia. “es el desgaste natural de los materiales, pero se ve que es una buena suela y podrá resistir sin chistar las dos semanas que faltan para la llegada del pago”. Seguía lloviendo a cántaros sobre la ciudad y la niebla que se formaba en las ventanas impedía ver qué sucedía en el mundo, cuando ella transpuso el umbral de la cafetería donde yo esperaba impaciente el capuccino que había pedido hacía un instante. Puesto que no me puedo dar el lujo de andar cambiando de zapatos cada vez que se arrugan o se ensucian, después de observarlo cuidadosamente, de palpar por dentro y por fuera la superficie ablandada, deduje que aún podría usarlos sin ninguna complicación durante algún tiempo más. Ah, empezó haciendo una cronología del tipo: que nació en Viena en 1889 y murió en Cambridge en 1951… hmmm… que el papá era el magnate acerero más rico y poderoso de toda Austria… que estudió algo de ingeniería mecánica… este… a los 19 viajó a Inglaterra, a la Universidad de Manchester como estudiante investigador de ingeniería aeronáutica… que ahí leyó los Principia matemática de Rusell y dejó la ingeniería para irse a estudiar lógica en Cambridge con el mismísimo Rusell. Era cierto entonces que la había estado esperando con mayor impaciencia que al capuccino, pues desde ese corto pero agradable encuentro que habíamos tenido en el Auditorio Mayor mi vida había dejado de ser la misma para convertirse en… otra muy parecida. Entonces me calcé y me eché a andar por estas calles con la certeza de que a mi zapato derecho aún le quedaba mucha vía por delante y mucho trecho por recorrer. Fue en este periodo de su vida cuando concibió su obra maestra: el Tractatus logico-philosophicus, un libro breve, escrito en un estilo aforístico, sentencioso, pero cuyo carácter intenso y deslumbrante lo llena de vigor, además de devenir en una serie de implicaciones para la filosofía, la lógica y, como lo veremos en esta conferencia, en el campo de las humanidades y las ciencias sociales en general. Cómo había delirado con su piel, me imaginaba que sabía y olía a duraznos, a los duraznos que solía recoger en el jardín de mi abuela; cómo sentía el aroma a almendras que exhalaba cada uno de sus cabellos mientras se deslizaban suavemente sobre mi pecho; cómo poder creer que besaba de nuevo sus labios, sus gruesos y pequeños labios, iguales a mandarinas jugosas que estallan al morderlas y derraman cada gota de su exquisito néctar. Con lo que no contaba entonces era que con mis frecuentes y largas caminatas el caucho terminaría por ceder más rápidamente de lo previsto, así que esa blandura terminaría por disolverse en la nada, dándole paso a la existencia de un minúsculo, insignificante e inoportuno agujero en la suela de mi zapato derecho.

En este libro, Wittgenstein hace una aseveración que puede sonar muy dura en principio, pero que si se analiza con más cuidado, puede revelar muchos aspectos ocultos en su interior y revelarnos alcances insospechados de la lingüística aplicada al discurso sociopolítico. Esa afirmación es “de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse”. Al fin había llegado el capuccino que había pedido y ella me había visto y se dirigía con todo su encanto y su piel de durazno hacia la mesa donde me hallaba, llegó hasta allí y me levanté con un movimiento firme, casi automático, para recibirla con un tímido “Hola, qué rico verte”, y de nuevo volvía a imaginarla. Y hasta ahí ha hablado de Wittgenstein, es todo lo que tengo en mis apuntes. Me sonrió tímidamente y susurró un “Gracias” que más parecía la queja lastimera de un náufrago que una verdadera manifestación de gratitud. Durante el tiempo que restaba para el pago, el agujero aprovechó para crecer rápida y desmesuradamente, alimentado por las innumerables y extensas jornadas a las que eran sometidos mis zapatos y por el inclemente asfalto que hervía en las calles de la ciudad. Caminábamos entonces por el sendero de la Alameda Nueva, rumbo al Parque Pontifical. La luna empezaba a asomarse por encima del extenso cúmulo de nubes que la rodeaban para mostrar todo el filo de sus dos cuernos, mientras que los faroles iluminaban tenuemente los adoquines de la calzada. Me sentí ofendido por esa tacaña muestra de agradecimiento, pensé que había perdido todo el tiempo anterior mientras le revelaba los escasos apuntes de la conferencia y también pensé que sería inútil retornar al punto en el que se encontraba la misma; así que, aburrido y molesto, decidí ponerme a contar las tablas que recubrían el techo del auditorio, mientras al fondo rebotaba la voz semigangosa de la maestra expositora. A pesar de que crecía tan rápidamente, el muy cretino lo hacía calladito, taimadamente, como si se regocijara pensando en el instante en que se manifestaría con todo su poder y toda su fuerza… y ese debut glorioso y sublime llegaría pronto.

¿Quieres subir? No, así está bien. ¿Ni siquiera por otra taza de café? No, no. Te lo agradezco en serio. Ah, mira que la noche está fría, es algo tarde, y tú y yo estamos solos… hmmm, no sé… ¡ay, dale, dale! Quizá después te arrepientas… bueno, okey, subamos pues. Doscientos cincuenta y uno, doscientos cincuenta y dos, doscientos cincuenta y tres, doscientos cincuenta y cuatro, doscientos cincuenta y cinco. Esa tarde debía ir a la biblioteca pues tenía una cita a las cuatro con alguien a quien había conocido unos días atrás. Después de darle la comida a mi gato y de cerciorarme de que la plancha no se quedara conectada, las ventanas estuvieran cerradas y la llave del gas hacia abajo me lancé a la calle bajo el más torrencial de los aguaceros que hubieran caído en la ciudad hasta entonces. Después de esa fantasía con paseo nocturno incluido, desperté y estaba en la cafetería, justo frente a ella; de repente vi mi cara de idiota reflejada en sus lentes y decidí concentrarme en el capuccino y dejar que se desahogara contándome lo que le había ocurrido desde la mañana. Sin embargo, luego de este primer periodo logicista, en el que reducía el lenguaje a una serie de aseveraciones más o menos coherentes con la realidad del mundo y en la que consideraba que los hechos estaban más allá de dichas fronteras hasta el punto de creer que aquello que puede ser dicho no puede ser mostrado y viceversa, el filósofo vienés se sumergió en un largo silencio del que sólo saldría muchos años más tarde para reevaluar todas sus propuestas anteriores. Cuando salí de la casa no imaginaba que justo esa tarde tendría lugar la grandiosa e inoportuna epifanía del agujero en mi zapato derecho, lo único que me importaba era el hecho de que ella había aceptado por fin mi invitación para tomarnos un capuccino en la cafetería de la biblioteca. Sin embargo, el cielo se fue llenando de espesas nubes negras que presagiaban un verdadero diluvio, mientras que de las montañas descendía raudo el viento helado e impetuoso típico de estas tardes en las que llueve en la ciudad. Ahí fue cuando recordé que había salido sin paraguas, sin abrigo, sin guantes y que si el aguacero me atrapaba en pleno camino, lo iba a pasar realmente mal.

Me aburrí de contar las tablas y dirigí mi mirada hacia la ingrata que estaba a mi lado y no sé por qué razón exacta en ese instante me fijé en sus cabellos largos que se deshacían en suaves ondas sobre su rostro, en sus ojos opacos que apenas se vislumbraban tras los cristales de sus lentes redondos, su piel clara y lisa. Imagínate que esta mañana el profe Calderón nos pidió los apuntes de la conferencia de la conferencia de Wittgenstein y que a partir de ellos hiciéramos aplicaciones al contexto político actual y la forma cómo los medios de comunicación influyen en él. Yo no sabía qué hacer, pues la verdad no le entendí mucho a la vieja esta… ¿Martínez era que se llamaba? Sí, sí… pues lo que hice fue tomar uno de los puntos que discutimos después, ¿te acuerdas? Ese del de que los juegos del lenguaje son propios de cada esfera social en el que se producen, y pues de ahí me pegué para echar carreta con lo de la manipulación de la información, los significados de la misma para cada sector de la sociedad y otro pocotón de vainas que ni para qué te cuento. El aguacero era inminente y lo supe así cuando descendieron violentamente sobre mí los primeros goterones y de un momento a otro el panorama se hizo indiscernible, pero eso no fue lo malo. Lo realmente malo llegó en el momento en que comencé a sentir que mi calcetín derecho empezaba a humedecerse paulatinamente hasta quedar absolutamente ensopado por el agua que dejaba entrar en mi zapato el miserable agujero que se había manifestado por fin. Lo conocí en la conferencia que hicieron en la universidad en la Semana del Lenguaje y a la que nos obligó a ir el cucho Calderón, el de Análisis de medios… No, pues yo llegué tardísimo porque me cogió la noche y es que a quién se le ocurre poner una conferencia de esas a las ocho de la mañana… pónganla a las diez o a medio día, pero a esa hora no llega nadie y mucho menos a semejante lejura. Así que Wittgenstein en su siguiente libro llamado Investigaciones filosóficas sostiene que el lenguaje ya no tiene nada que ver con una estructura lógica referida al mundo, sino que esta compuesto por una serie de universos en los cuales lo que existen son los “juegos de lenguaje” en los que cada hablante desempeña un rol de acuerdo al contexto en el cual se halla ubicado. Yo seguía mirándola en silencio, asintiendo ridículamente a cada una de las cosas que me contaba, pero no podía apartar la vista de sus labios que estremecían el aire, llenándolo de una dulce fragancia que tal vez únicamente yo podía sentir en aquel momento. Me disgustaba la sensación al caminar, era como tener un sapo enorme entre el zapato y el pie, podía oír ese particular ruido de chapoteo que hacen todas las cosas empapadas y el frío que afuera era insoportable, me empezaba a calar hasta los huesos… Si tan sólo hubiese traído mi paraguas…

No, pues lo que hizo fue que cuando llegué me contó qué había dicho la vieja de la conferencia, y como a la mitad de la charla sentí que me estaba mirando, que no me quitaba los ojos de encima… No, pues, imagínate el susto… yo pensé que el man se había tragado de mí o que era uno de esos pervertidos que la desvisten a una con la mirada… Pero después de que se acabó esa vaina el tipo me buscó y nos quedamos hablando un rato afuera del auditorio. Me pareció tan hermosa entonces, en ella había una gracia que no conseguía explicar y que hacía desaparecer cualquier cosa que tuviese vida a su alrededor. Me fascinó sobretodo el aroma sutil que emanaba de su piel y que me recordaba algo muy lejano, como enterrado en mi más remota infancia. Había llegado por fin a la biblioteca, estaba a salvo del chaparrón, pero me di cuenta que iba dejando tras de mí un rastro húmedo imposible de ocultar, producto de mi encharcado pie derecho. Así que rogué al Cielo para que ella no se diera cuenta y subí lo más rápido que pude al último piso donde estaba la cafetería, el sitio donde habíamos quedado de vernos a las cuatro de la tarde. Cuando llegué, lo primero que hice fue pedir un capuccino bien caliente para espantar el frío que estaba a punto de acabar con mi vida. Sin embargo, hay que tener cuidado a la hora de establecer relaciones entre las aseveraciones de Wittgenstein y lo que ocurre realmente en el mundo. Estas hay que leerlas bajo el beneficio de la duda, pues muchas veces son de carácter restrictivo y puede uno encontrarse edificando castillos sobre el aire a partir de argumentos en los que hay que encontrar primero el sentido verdadero para luego sí inferir adecuadamente lo que se quiere proponer. Ah, pues nada… hablamos de vainas de la conferencia, le pedí ayuda con un par de cosas que no entendí y pues ahí estuvimos hablando como hasta medio día, cuando le dije que tenía que irme… pues sí, estaba como bonito, eso sí tenía una pinta de intelectual de aquí a Pekín, pero me gustó cómo hablaba, como con una voz como gruesa pero lenta, como esas que le gustan a una pa’ que la arrullen… no como la de Calderón, qué man tan frito, vieja… Y cuando terminó por fin la conferencia después de las estúpidas preguntas que siempre hace el público en eventos como estos, supe que debía ir tras ella, no dejar escapar esa visión que había tenido en el auditorio, no dejar que se diluyera en el recuerdo como me había ocurrido antes en otras circunstancias, por eso la seguí hasta la salida y busqué cualquier pretexto para hablarle y poder verla de nuevo. No, pues yo creo que me va a ir bien, igual, Calderón nunca lee los ejercicios, es más, en toda la facultad no creo que haya un solo profesor que los lea. Siempre llega el final de semestre y uno se encuentra con el pucho de trabajos que le entregan a una, todos chuleados de afán y con notas aproximativas, ya por eso ni me esfuerzo, basta con echar un carreto medio coherente y ahí se va. Y yo colgado de sus palabras, de sus extrañas teorías sobre la dinámica de los estudios en la facultad, cuando sólo ansiaba cerrarle la boca con un beso, que el calor de su cuerpo se llevara lejos el frío que me carcomía y que nuestros cuerpos se fundieran, ya no en mi imaginación, sino en la calidez de unas sábanas retorcidas. Pues… bueno, bueno… no estaba, pero ahí como pa’l gasto. Tiene unas manos grandes y delgadas, como de pianista, pero no es músico… no, como que estudia es Ciencias Sociales o Historia, ya no me acuerdo… Pero nada, igual vamos a ver que pasa el martes que quedamos de vernos en la cafetería de la biblioteca… a las cuatro… listo, yo le cuento, chao. Cuando terminamos nuestro café, salimos de la cafetería y nos fuimos caminando por la Avenida Rosales para subir por la Alameda Nueva hasta cerca del Parque Pontifical donde ella vivía. Ya no llovía, pero aún sentía los estragos que había dejado el agujero y su inoportuna aparición, juré que apenas llegara el pago compraría un par de zapatos nuevo, botaría estos muy lejos y me olvidaría para siempre de que alguna vez tuve un agujero en el zapato del pie derecho.