9/6/08

Cuento con narrador en segunda persona (corregido)

ÚLTIMO CAPÍTULO


Ya ves, no era tan difícil. Y tú que decías que no podría, que no era capaz, que dejara de decir estupideces. Pero pronto veré tu cara y entonces dirás clavando tus ojos en mí, tal vez sin poderlo creer aún, mira que al fin sí lo hiciste. Tal vez pensarás que fui un cobarde, que no me quedó de otra, que me vi acorralado y la única salida en la que pensó el gallina de Francisco fue esa. Y precisamente en este día, qué desgraciado, tan simbólico... sí, tienes razón, ahí te doy un motivo más para que no se te olvide este día. ¿Acaso no querías recordarlo? No, es verdad, se me olvidaba que para ti esta fecha era despreciable desde hace rato, si hasta la habías tachado con una equis grandota teñida de rojo en tu agenda. ¿Y ahora qué vas a hacer? No, la pregunta es otra: ¿qué estarás haciendo en este instante? Ah, qué idiota, si ya no me acordaba... claro, las luces, el escenario, el éxito perpetuo, salir adelante, la vida continúa y esas farsas que te metiste en la cabeza y en el alma para hallarle una salida a esto. Sí, eso es lo que estás haciendo, lo que vas a hacer y lo que harás. Pero para qué sigo adelante, para qué si siempre va a estar enfrente el muro blanco, la barrera que construiste con tanto esfuerzo y rencor, el espacio pesado y duro en que te encerraste después de destrozar con las frases más hirientes que encontraste, con los reproches e insultos que habías madurado durante estos años lo poco que quedaba de nosotros… ¿Y de qué me vas a acusar ahora? Ya no puedes sacarme en cara mi abandono, mi indiferencia frente a tantas cosas que, según tu orgullo, nunca vi y estuvieron siempre en mis manos; no puedes adjudicarme tantos errores cometidos cuando pasé por encima de las finísimas líneas que tejiste para hacerme caer y que confundiste con las señales inequívocas de tu preocupación por nosotros, por nuestro futuro. Ahora no pueden tocarme tu desidia, tu infinita soledad y ese ser egoísta en el que de un momento a otro comenzaste a habitar. Ya estoy más allá de todo ese boato que te rodeaba y del que me fui quedando por fuera lentamente, tal vez porque yo mismo me salí o porque me fuiste llevando poco a poco de la mano hasta enseñarme la salida. Y yo que creía que todo entre nosotros podía mejorar, que tus silencios no eran la señal clarividente del fastidio que habías empezado a rumiar sino pausas en el trasegar de esta vida en común que llevábamos pacientemente cada día. Pero me engañé, me puse una venda delante de los ojos para tirarme al abismo de tu indecisión sin siquiera preguntarme si valía la pena o no, confiando tan sólo en las luces fatuas que brillaban en lo profundo de tus ojos cada vez que buscaba una respuesta que al fin encontré. Tarde, pero la encontré.

Quizá a esta hora llegas a tu trabajo, ese paraíso sin límites en el que desahogas tus frustraciones, ese campo enorme donde siembras cada día las semillas del éxito que esperas cosechar algún día; saludas sin muchas ganas a quienes te vas encontrando en el camino: maquilladores, luminotécnicos, el editor, los cámaras, tus compañeros farsantes que te colaboran en la tramoya diaria en la que finges esa otra vida que te encantaría vivir, no ésta que desgraciadamente te tocó padecer a mi lado. Pero no te angusties, te lo repito, ya no estarás atada a mí, condenada a este infierno perfecto en el que hasta los demonios hace rato se aburrieron. Lo que viene ahora para ti es la fama, las portadas de las revistas, quizá un romance con algún modelo de esos con los que tanto te gusta compararme, salidas a restaurantes costosos en donde todos los rostros girarán a tu alrededor como satélites, deslumbrados por tu brillo; esas cosas con las que deliras mientras abres la puerta de tu camerino, te quitas la chaqueta que te protege del frío de la madrugada y te dejas caer sobre la silla frente al espejo en que ves a esa mujer en la que late como un pulso desesperado el ansia de gloria, pero que al mismo tiempo sufre porque su marido es un pusilánime que no comprende la importancia de estas cosas y se la pasa repitiendo que el mundo al que aspiras es sólo una apariencia, vanitas vanitarum (sé que odias que te hable en latín, porque te sientes más ignorante de lo que eres) y que tarde o temprano se acabará y sólo quedarán como testimonio las escorias del recuerdo. Pero te repones cuando entran la maquilladora y el estilista que harán surgir en tu cuerpo a Marcela, la protagonista de la telenovela con el más alto rating en toda la historia de la televisión en Ningunaparte, esa muchacha humilde y trabajadora que va saliendo poco a poco del mundo miserable que la rodea hasta que descubre que es el producto de una violación sufrida por su madre a manos de un poderoso industrial ebrio, esa muchacha enamorada por casualidad de quien resulta ser su propio hermano y que al final no lo es, por obra y gracia del libretista y del director, ese que entra intempestivamente en tu camerino, te saluda y te recuerda que en quince minutos empiezan a grabar.

Quizá antes de salir piensas un momento en mí, pero ni te imaginas que estoy escribiendo estas cosas, garrapateando las notas finales, los últimos diálogos de este sainete que representamos durante trece años. Ignoras que repasé uno por uno todos los recuerdos que yacen como aves muertas sobre la mesa del comedor, los diseccioné delicadamente buscando el instante preciso, el momento justo en el cual todo se echó a perder. Y tal vez creerás que en ese instante encontré la respuesta tan anhelada, ese reto que me lanzaste a la cara cuando me dijiste que yo sabía qué era lo que te pasaba, que no me hiciera el huevón y no tratara de excusarme apelando a mi ignorancia. Pero sabes que no fue así, que me topé de frente con la respuesta tan sólo hace dos semanas cuando en uno de tus acostumbrados reproches me gritaste que te arrepentías de haberte casado con un soñador, con un hombre que se conformaba sólo con lo que tenía para vivir y sin los cojones suficientes para soñar con algo más que una estúpida cátedra de medio pelo en una universidad mediocre. Si al menos fuera en Los Sauces o en La Sabiduría, pero no, a ti te encanta sufrir, rescatar al desvalido, al miserable. Te agrada que todos reconozcan la buena persona que eres antes que el brillante académico que hay en ti. Estás hecho para vivir entre pobres, pobre naciste y allá vuelves, por eso no me comprendes, odias el éxito, odias la fama porque no estás acostumbrado a sentirlos, a vivirlos. Pobre cabrón, qué lástima me das fue lo último que dijiste antes de que tu reflejo se deshiciera en el espejo y tu cuerpo saliera raudo de la habitación exhalando un aroma de furia. Sin embargo, no viste cuando me quedé sentado en nuestra cama, aniquilado por tus palabras, oscilando entre el llanto y la ira, apretujando entre mis manos las sábanas para evitar correr detrás de ti y estrangularte. En ese instante encontré la respuesta, supe por qué desde hace dos años habías cambiado, por qué todos mis intentos, las flores, las cenas románticas, los poemas, los mensajes en plena mañana habían terminado en la caneca de la basura; supe por qué tu voz se oía distante y tu cuerpo se hacía extraño al amanecer. Sin embargo, no había perdido la esperanza y sólo una cosa me restaba por hacer.

Pero a ti eso ya no te importa, lo que haga o deje de hacer es irrelevante para ti. Lo único que te importa ahora es que Marcela va a ser feliz con el amor de su vida, con el que creía su hermano y no lo es. Por eso hoy te han cubierto con el vestido más blanco y hermoso que pudieron encontrar los de utilería; las revistas y los magazines dicen que varios de los mejores diseñadores ofrecieron sus diseños para este instante sublime que todos los televidentes recordarán para siempre y que al fin te decidiste por el que menos me había gustado cuando me mostraste (¿debo decir me arrojaste?) las fotografías de cada uno. Así que estás radiante, como el día en que nos casamos hace exactamente trece años, pero ahora eres Marcela, la muchacha humilde que llegó al tope de la pirámide social, llena de lujos y comodidades que jamás soñó tener, la que camina por una alfombra roja al grito de un, dos, tres, acción y a quien espera al pie del altar un hombre alto, moreno y acuerpado en cuya sonrisa se invirtió el sueldo mensual de veinte obreros. Tú, sonríes como nunca, como no lo harías conmigo, a quien no puedes ver dando una última vuelta por la casa, despidiéndose como un alma en pena que recoge sus pasos para no extrañar nada una vez que se encuentre del otro lado. Avanzas por la alfombra danzando un vals inaudible, llevada en las manos de unos querubines invisibles que te auguran un futuro más prometedor que el de Marcela una vez diga sí, bese a su flamante esposo y caiga el letrero que anuncia el final. Todos los invitados a la boda sonríen también, augurándote muchos éxitos, tranquilizando ese rumor de mariposas que empezaste a sentir en el cuerpo. De repente, en medio de esa sinfonía maravillosa, de tantas luces y brillos, se te nublan los ojos, das unos cuantos traspiés y caes desde tu pedestal derribada por una mano lejana e invisible, retorciéndote de dolor mientras te aprietas fuertemente el estómago y tus ojos se ponen en blanco. Tus compañeros de escena, los extras y el equipo técnico corren en tu auxilio y te levantan hasta ponerte en una camilla, mientras en tu envenenada inconsciencia me ves recostado sobre nuestra cama con los brazos extendidos, esperando que termine de una buena vez esta absurda historia, esta novela mal escrita por los dos y que ha llegado a su último capítulo. Ojalá sobrevivas para contarle a alguien que esta vez no hubo un final feliz.

2 comentarios:

Esther Zorrozua dijo...

Querido amigo. Formo parte de un taller de escritura en Bilbao (País Vasco) y las últimas semanas estamos trabajando la narración en 2ª persona. Al entrar en la red, me he topado con tu blog y con tu texto, que me viene muy bien para este fin (citando la procedencia, por supuesto), así que quería agradecértelo.
A cambio, te ofrezco la dirección de mi blog, por si quieres darte un paseo: estherzorrozua.wordpress.com

Un saludo.

Camvios dijo...

Esther: perdón por responder tan tarde, pero llevaba un largo tiempo sin pasar por este blog. Gracias por tu lectura y tu comentario. Ciertamente me daré una vuelta por tu blog.

saludos.

PD: me gustaría conocer las impresiones sobre el cuento en tu taller literario. La crítica de los lectores ayuda a crecer a los escritores.