LA NOCHE TRISTE
Para Yesenia, Liliana, Sandy, Alexandra, Darly,
Wendy, Ruby, Jennifer y Heidi.
Con toda admiración y cariño, estas líneas.
Cuando mi novia me mandó para la mierda dejando tan sólo el hálito de su ira mal contenida, lo primero que hice, después de secar alguna lágrima que brotó sin ser invocada, fue levantarme de mi cama, ponerme el par de tenis negros, lanzar contra la pared el portarretrato con la foto tomada en alguna fiesta en la que se nos veía tan felices y largarme para ese lugar en que, según dicen, nadie puede sentirse solo en Ningunaparte: el Bar Cortés. Algunos, entre los que se encontraban mis amigos, habían hablado de él varias veces como el Paraíso en la Tierra, una especie de remedio para todos los dolores, en especial los del corazón; pero por ese tiempo me hallaba tan desbordante de felicidad que ni siquiera adivinaba que unos meses después estaría caminando por la calle Balzedas rumbo a ese sitio, buscando una cura para mi desconsuelo. Es horrible andar por estas calles llenas de frío, de agua empozada, de recuerdos de días felices en los que Verónica y yo caminábamos tomados de la mano, jurando que ese amor que nos arrastraba iba a durar hasta el fin del tiempo… Definitivamente Ningunaparte no es un buen sitio para vivir con una decepción en progreso, llevando entre los dedos fragmentos de sueños rotos, pedazos de conversaciones en el parque al calor del sol, retazos de canciones dedicadas que parecen esquirlas clavadas en el corazón; aquí sólo hay tenderos gordos con los delantales sucios y palillos entre los dientes, viejas beatas que ocultan su conciencia bajo desteñidas mantillas, oficinistas y empleados a quienes lo único que les interesa es llegar rápido a su casa, y por eso se desgañitan y forcejean para hacerse a un lugar en el perimetral.
Esta noche está vacía, terriblemente vacía en el asfalto donde camino y sólo se escucha a lo lejos el bullicio de los villancicos que preludian la navidad. En las ventanas se ve la secuencia monótona de los bombillos de colores, acompañada del chillido que imita melodías sabidas y que surgen como viejos icebergs en esta época del año… Cómo odio la navidad, cómo odio arrastrar mi dolor por estas calles donde nadie sabe que me desangro, que me ahogo en el charco de mis recuerdos, siempre acompañado por la voz de Verónica al otro lado de la línea pronunciando esas palabras que ya intuía, pero con las que tenía miedo de encontrarme. Siempre surgen problemas, excusas de último minuto, maneras de esquivar la verdad que hedía sobre nuestras cabezas y que sentía en cada beso, en cada caricia hipócrita que me daba. Verónica lo venía preparando desde hacía mucho, lo supe aquella vez en la que me juró que la hacía la mujer más feliz del mundo, vi la mentira en sus ojos negros que brillaban al decírmelo, sentía sus manos entrelazarse con las mías, pero aquellas me dejaron adivinar que ya no me pertenecían, que alguien, cuya huella estaba fresca, las había sostenido tiempo antes y que mi contacto les resultaba extraño. Era cuestión de tiempo la llamada de hace un rato, muchos días atrás pasé horas enteras viendo el teléfono, esperando como un condenado a muerte el instante en que repicaría trayéndome la noticia fatal, el anuncio oficial de mi deceso en la vida de Verónica.
La calle Balzedas es una amplia avenida en la que hay de todo un poco, podría decirse que es la tercera calle más importante de Ningunaparte; no tiene el glamour de la Libertadores, ni la febril actividad comercial de la Rosales, pero no carece de encanto. Me digo esto como si me estuviera guiando en un insensato recorrido en el que el único turista soy yo mismo, perdido en mi ciudad, habitante de Ningunaparte que no sabe por dónde va ni hacia dónde se dirige… No, eso lo tengo claro: el Cortés me espera al final de la Balzedas, justo donde dicen que empieza el peligro y donde cada fin de semana hay una riña o una muerte minuciosamente registrada por El singular, el diario de Ningunaparte. Espero que hoy no ocurra nada así, al menos mientras estoy en este sector. Pero reconozco que es torpe ese deseo, ¿cómo puedo pedir que no me ocurra nada, cuando ya ha sucedido lo peor que podría pasarme? Lo único realmente malo sería que algún borracho me confundiera con el amante de su mujer y me sembrara tres balazos en el vientre, o que un par de rateros creyeran que llevo encima los tesoros del Rey Salomón, o por lo menos mi sueldo, y quisieran salir de una mala noche… Entonces Verónica no tendría más remedio que abalanzarse con su melena retorcida y oscura sobre mi cajón, llorar a mares, arrepentirse por haber hecho esa llamada a tan altas horas de la noche y suplicar al cielo que la perdone… Lo que no pasa de ser el sueño de un hombre desengañado que llega al final de una calle, ve el letrero brillante de un bar y con cara de alelado contempla ese lugar mítico y extraño.
Desde la entrada es difícil distinguir el fondo del local, no sólo por el humo denso que se apropia del lugar sino también por las luces naranjas, azules y rojas que enceguecen. El estruendo de la música de moda revienta los tímpanos de los que ríen sentados alrededor de la barra que atienden varias mujeres que se contonean de un lado a otro y se repiten incesantemente en las paredes llenas de espejos. Levanto mis brazos para que el encargado de la seguridad se cerciore de que no llevo ningún arma encima, salvo mi rencor, e ingreso por fin al bar, al cielo prometido en los relatos oscuros y secretos de los habitantes de esta ciudad, demasiado pacata aún como para entender y aceptar la existencia de un lugar así. A pesar de haberlos escuchado una y otra vez, nunca mi curiosidad fue superior al sentimiento de fidelidad que le debía a Verónica, pensaba que no debía (ni podía) poner mis ojos o mis manos en otra mujer que no fuese ella, pues mi conciencia me ejecutaría como un despiadado verdugo. Pero ahora las cosas son distintas: sé que Verónica apenas si conoce esa palabra y que quizá en este instante en el que una de las niñas de la barra me señala con la mano derecha una silla vacía, ella estará riendo y besando a ese alguien a quien yo apenas intuía y se divertirá con él hasta que termine la noche… Pero eso pasaba en otro lugar remoto, a muchos pensamientos y recelos de donde yo me hallaba sentado en ese momento y donde una mujer, enfundada en un uniforme cuyo escote y longitud serían motivo de expulsión inmediata en el Liceo Farallones, se presentaba como Vanessa y me preguntaba con una voz proveniente del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal si quería tomar algo. Miré a mi alrededor y la mayoría de los que estaban sentados apuraban una cerveza que era servida por las colegialas en vasos de plástico, así que lo más prudente, al ser mi primera vez en aquel sitio, era seguir la corriente. Sin embargo, aquella noche quería olvidar tanta prudencia, todo lo que era normal en mí y pedí algo que estuviera más allá de mis costumbres y al alcance de mi bolsillo.
Una botella de ron fue la respuesta y Vanessa se dirigió hacia una especie de armario en el que un hombre cubierto por una luz tenue se entretenía mirando cómo el lugar se llenaba poco a poco de individuos cuyas características fundamentales eran vestir iguales, tener en los ojos el mismo brillo extraño, mezcla de apetito, temor y desgano por la vida, llevar el mismo corte de cabello a ras que ocultaban bajo gorras desgastadas y las mismas barbas y bigotes ralos que disimulaban una sonrisa cómplice en la que serpenteaban rasgos de maldad e insolencia. Así imaginé a mi rival, a ese ser humano que le había arrebatado a mi vida el milagro más grande que le había ocurrido en mucho tiempo, claro está que con la complicidad del propio falso milagro. Lo vi en cada rasgo distorsionado, en cada carcajada estruendosa, en esas camisetas mal encajadas, en los jeans sucios de los hombres que se arremolinaban como simios alrededor de la hembra haciendo gala de su arrogancia y exhibiendo su deseo. Vi en ellos a mi rival y odié profundamente aquella noche llena de mentiras, odié una vez más a Verónica que seguía destazándome a distancia y levantando entre sus dedos mis entrañas como un trofeo, odié la torpeza que me había llevado de tumbo en tumbo desde las palabras falaces de esa mujer que decía dar su vida por mí, hasta este bar en el que bebía el primer trago de ron y dejaba caer la cabeza sobre mis brazos cruzados en la barra. No pude contener una nueva lágrima, cuando sentí sobre mi cabeza el contacto de unos dedos muy finos y nuevamente aquella voz que se dejó oír para preguntarme si ocurría algo. Apresuradamente, borré todo rasgo de la lágrima en mi rostro y levanté la cabeza hasta fijarme en el rostro de Vanessa. Le contesté que no era nada, que era sólo un dolor que ya pasaría. Ella, leyendo el gesto y la respuesta, adivinó que estaba despechado y que segundos antes había llorado. Trató de consolarme con los argumentos que se esgrimen en estas situaciones: que no me convenía, que ella no sabía de lo que se perdía, que tarde o temprano yo iba a encontrar a alguien que me mereciera, que el tiempo lo cura todo… esos laberintos fáciles en los que se intenta confundir el dolor con la esperanza para crear la mágica cura que anestesie de una buena vez y traiga el tan anhelado olvido.
Pero esa noche no quería evasiones, no quería irme por la puerta de atrás como quien huye, sino que quería beber hasta las heces el cáliz de ignominia y traición que la mano de Verónica me ofrecía indolente. Así que le conté a Vanessa mi historia punto por punto, sin ahorrar detalle por doloroso que resultara, sin omitir viajes soñados a destinos que sólo los dos conocíamos, proyectos extraños cuyo funcionamiento y éxito estaban garantizados por la fusión profunda de nuestra voluntad. Hablé de una inexistente casa de dos pisos y terraza, con jardines donde crecían las rosas y las margaritas más vistosas de toda la cuadra, de tres hijos maravillosos y fantasmales que nos despertaban cada domingo con una algarabía que terminaba por levantar a todos en Ningunaparte, de un par de canarios, un conejo y un perro de ensueño que ellos conservaban como fenómenos vivientes y extraños… Hablé sin parar de un paraíso que se diluía entre mis manos y fluía hacia las cloacas del pasado hasta convertirse en agua negra y pestilente mientras bebía. Sólo entonces me fijé en Vanessa, vi su cabello oscuro cayendo ensortijado sobre sus hombros, sus brillantes ojos café, sus mejillas blancas y salientes, su nariz pulida, sus labios gruesos como dos mandarinas jugosas a punto de reventar, su delicado cuello en el seque veía la persecución agónica de la sangre dentro de las venas, sus senos de niña-mujer apenas insinuados con inocente malicia, su cintura delgada en la que reposaba un tímido ombligo en forma de elipse, la sinuosa curva de sus caderas que desembocaba en las piernas cubiertas por unas botas de cuero negro con un tacón lo suficientemente largo como para elevar su estatura al nivel de mis ojos que volvían de su breve paseo y se encontraban de frente con la pregunta sobre mi rival y la información que yo tenía de este. Tuve que confesarle que mi gran vergüenza era ser vencido por un enemigo al que no conocía, que no había dado la cara y cuyo rostro y presencia se debían más a un retrato hablado dibujado por mi celosa imaginación que a una visión clara del personaje en cuestión. En ese momento, le pedí que sirviera un par de tragos y brindara conmigo por el relato de mis desgracias que me había dejado con la garganta y el alma resecas.
Justo en el instante en que Vanessa volvía a la barra con la botella en la mano, las luces del bar relampaguearon tres veces. Miré algo confundido hacia todos lados y vi que los hombres se inquietaron, el encargado de la seguridad cerró la entrada del lugar con un biombo instalado en el marco de la puerta, miré luego a Vanessa (que seguramente se habrá reído después de mi cara de estupefacción) y ella, tomándome la mano, me dijo:
–Tranquilo. Es sólo el show de Daniela. Ya nos vemos.
Me dio la espalda y se dirigió hacia donde la esperaban las otras niñas. Sentí cierto escalofrío cuando vi que la puerta del armario se abría y todas las colegialas desaparecieron en fila como si las hubiese llamado el coordinador de disciplina, y del fondo de ese lugar surgió una mujer cubierta por una especie de negligé negro, rematado en algunos lugares con encaje del mismo color. El ambiente del bar cambió enseguida: la música estridente dio paso a una muy acompasada, parecida a las pulsaciones de un tambor invisible, las luces se atenuaron hasta el punto en que era difícil distinguir con certeza los rasgos de quien estaba sentado a dos sillas más allá de donde me encontraba, pero el cambio más significativo ocurrió en los individuos que me rodeaban: apenas la mujer empezó a caminar y a balancearse por el lugar entre las dos barras, los hombres empezaron a chiflar, a gritar las obscenidades más gruesas que conocían y que serían capaces de sonrojar a una verdulera de Santa Sofía; pero lo que más molestia me causó fue el hecho de que algunos acompañaban las pulsaciones de la música golpeando la barra con sus manos, lo que generaba, además del ruido, una desagradable sensación en mis brazos apoyados sobre la misma. Así que tuve que retirar mis brazos de la barra y concentrarme en los movimientos de Daniela.
Era más bien pequeña, aunque si mis ojos no me engañaban o se dejaban engañar por la longitud del tacón de sus botas, debía tener más o menos la misma estatura de Vanessa, pero se diferenciaba de ella en el color del cabello (negro como el cielo de esa noche), el tono de piel (absolutamente blanca, similar al brillo nacarado de las perlas), el tamaño y color de los ojos (enorme y negro par de aceitunas en conserva), la nariz y los labios (delgados y con un gesto muy extraño de desdén que me impactó desde el principio), el mentón (saliente y retador) que le daba a su rostro un aire de desafío que hacía cimbrar toda la atmósfera alrededor. También su cuerpo era distinto: era algo robusta, con unos senos que temblaban al compás de la música, su cintura era un poco más ancha que la de Vanessa, aunque el final de su espalda estaba adornado con las volutas de un raro tatuaje. Sus piernas eran algo más gruesas, sin embargo, las hacía girar sobre el piso de madera con tal gracia que parecían las de una gimnasta consumada… O eso fue lo que pensé cuando se aproximó a donde me hallaba sentado y con una agilidad que no asocié con su figura se sentó sobre la barra, volvió sus piernas hacia mí, apoyó su bota derecha en mi silla, el otro pie sobre la silla vacía que estaba a mi izquierda, se irguió con toda su fuerza y su figura tentadora, y con las manos apoyadas sobre la pared de espejos empezó a contonearse sobre mi rostro. En ese instante, el mundo pareció estallar a mi alrededor: sentía cómo mi sangre fluía cálida, nerviosa y agitada por todo mi cuerpo, cómo mis manos se aferraban angustiadas y temblorosas al asiento, cómo por mi nariz entraba un raro y delicioso aroma que emanaba del cuerpo de Daniela, un olor que no me recordaba a nadie más y se mezclaba con el vapor de su respiración agitada por los movimientos serpenteantes que ejecutaba sobre mí. Sentía la tibieza de ese cuerpo meciéndose contenido apenas por un sostén y un liguero, oía el crujido rechinante de sus botas sobre las sillas, el roce del satín rosado que componía el par de flores que remataban la parte de atrás de la tanga. Veía ese rostro, ese gesto de desprecio y de desafío repetirse en la superficie gastada de los espejos y descubrí que ella no estaba allí en ese momento, que estaba a kilómetros de las miradas ansiosas que la envolvían, contemplándose a sí misma en cada movimiento comprobando la sincronía de su cuerpo con la música, huyendo de los pensamientos, las manos sudorosas y el deseo de los hombres que rebullían allá abajo. Escuchaba el bramido distante de todos en aquel lugar, suponía sus ojos inyectados de lujuria deteniéndose en cada pliegue, en cada recodo de Daniela, veía cómo se relamían de gusto, cómo cada sonrisa traducía un pensamiento inconfesable y cada respiración delataba un ansia instintiva, casi animal. De repente, Daniela se sentó nuevamente sobre la barra y haciendo gala de su agilidad felina saltó al espacio vacío repitiendo sus balanceos al compás de la música que de un momento a otro se hizo más lenta hasta que se dejó oír en el aire una melodía muy conocida, una canción que se escabulló hacia lo más hondo de mi memoria y revivió el fantasma de Verónica en una noche en la que el deseo pudo más que las reglas de la lógica y la autoconservación. Sobre las tablas del pasillo surgió invocada por la música y por mi memoria encandilada por el ron, con su melena retorcida y negra, con su mentira a flor de piel tomando posesión del cuerpo de Daniela. Llevó las manos lentamente hasta su espalda, con la punta de los dedos tiró de la cuerda que anudaba el sostén negro y sus pechos redondos y turgentes brotaron como sueños surgidos de la pesadez y el delirio. Tomó un trozo de hielo y lo frotó contra sus oscuros pezones que convulsionaron hasta ponerse rígidos y señalar el cielo envenenado de aquella noche. Siguió meciéndose al ritmo de esa canción que prohíbe llorar en esta noche baby, maybe someday, y deslizando sus manos traicioneras en ese cuerpo que fingía deseo y que ahora debería pertenecer a otro, gemir para otro y rasgar dolorosamente la espalda de otro cuando el goce llegara a su punto más alto. En un momento, saltó nuevamente sobre la barra, se puso de rodillas frente a mí y con lo que aún le quedaba de verdad en el alma y en el rostro haló las tiras de la tanga, tomó la prenda entre sus manos y la deslizó suavemente sobre mi nuca mientras arqueaba su espalda hacia atrás y se lanzaba de nuevo hacia adelante golpeándome con una oleada del aroma mortal que surgía de su cuerpo revolviendome el alma hasta hacerla indescifrable y hundirme en el laberinto de preguntas que había dejado su cuerpo evanescente al otro lado de la línea… Cuando terminó la canción y el auditorio prorrumpió en un nuevo torrente de aplausos, chiflidos y golpes en la mesa, volvi a ver a Daniela que con paso cansado se dirigía, con sus prendas en la mano, al armario de donde surgieron las colegialas que ocuparon los lugares en los que se encontraban antes del show. Bebí un nuevo trago esperando que con él se disipara la sombra de Verónica que se había hecho presente hacía un instante.
Cuando Vanessa llegó hasta donde me encontraba, se sirvió otra copa. Ya la botella iba llegando a su fin, el licor me quemaba las entrañas al igual que el recuerdo de Verónica. Esa era la última noche que lloraba por ella, era la de irme por fin de la vida de Verónica, expulsado para siempre por sus palabras, por sus miedos, por el hecho de haberme engañado, por prometerme una felicidad que ni siquiera estaba en sus manos conceder. Pero la noche me reservaba aún otra sorpresa que jamás habría imaginado y que hizo que fuera más triste y desolada de lo que ya era: a Vanessa le vibró su teléfono celular y se encerró en un baño que quedaba contiguo al armario. De allí salió al poco tiempo con las lágrimas aún sobre el rostro, con una expresión nada semejante a la de la muchacha jovial que me había recibido al inicio de la noche. Ahora se veía abatida, con los ojos hundidos en lo más oscuro de su angustia, una sombra densa se había posado sobre sus hombros y la obligaba a derrumbarse sobre sus botas sin darle oportunidad de ponerse en pie de nuevo. Llegó hasta mí, tomó la botella, se sirvió pausadamente una copa llena, la bebió de un solo golpe, dejó la botella casi vacía sobre la superficie de madera y apoyando el brazo sobre la barra reclinó su cabeza sobre el puño y dirigió la mirada hacia la salida del local.
No le pregunté inmediatamente qué le había ocurrido, pues además de imprudente, me parecía que necesitaba algo más de tiempo para poner en orden la convulsa maraña de pensamientos que adivinaba en sus labios. Cuando al fin se irguió, dejando escapar una profunda exhalación, me atreví a mirarla a los ojos e indagar qué escondía tras esa cara triste. Frunció el gesto y pretendió huir tras los mismos telones en los que yo me escondí cuando preguntó qué me ocurría. Sin embargo, no pudo guardar por más tiempo ese impulso que le estaba oscureciendo el alma y me contó que hacía algún tiempo había conocido a un hombre que le había prometido esta vida y la otra, poner la luna a sus pies, el mar alrededor de su cintura y poco a poco la fue conduciendo hasta ese punto en que el amor pone una venda en los ojos para hacer creer que no existe vida más allá de las palabras bonitas, las caricias, los besos y la entrega apasionada de dos cuerpos ebrios en su propia inconciencia. Después de ese sublime instante, a él se le olvidaron las promesas, los juramentos y entró en un mutismo exasperante, deslizándose entre ausencias injustificadas y excusas retorcidas e improbables; pero en ella estaba demasiado encendida la llama fatua del amor como para sospechar qué pasaba, hasta el día funesto que lo vio besando a otra mujer en un centro comercial al que había ido para oxigenar la mente y aturdirse con el bullicio y el brillo de las luces y las sedas en las vitrinas. Cuando intentó ponerlo contra la pared para vindicar su corazón lastimado y sus anhelos rotos, él se le rió en la cara y le reprochó el hecho de que trabajara en un sitio en donde todo el que entraba la desvestía con la mirada, le preguntó si creía que acaso se iba a fijar en serio en una mujer que estaba semidesnuda toda la noche detrás de una barra, se deleitó en puntuales comparaciones entre ella y su rival, exaltando que esta última sí era una verdadera mujer y sí sabía cómo complacerlo. Cuando la ira de Vanessa se desbordó en un grito que le desgarró las entrañas, la única respuesta que obtuvo de él fue el dorso de su mano golpeándola en el rostro y en el alma con una fuerza devastadora mientras le gritaba que se largara y dejara de joderle la vida, que no lo volviera a buscar y que si lo hacía ya sabía a qué se atenía. Pero ese mismo hombre era el que hacía un rato había vuelto a llamar, rodillas en tierra, a pedirle que lo perdonara, a decirle que todo había sido un error y que le hacía falta. Con una lágrima a punto de caer, Vanessa apenas susurró:
–Y yo le dije que sí, que lo perdonaba…
No quise saber las razones por las cuales lo había hecho, pues de sobra las conocía. Ni siquiera intenté hacerle ver que a todas luces cometía un error del que más tarde tendría que lamentarse. No pensé que lo mismo me ocurriría a mí cuando Verónica llamara al día siguiente y con su voz de niña regañada me dijera que lo sentía, que jamás había querido hacerme daño, justamente a mí, la persona que mejor la comprendía y la conocía más que nadie, y entonces me escucharía repetirle eso que había guardado como un tesoro inútil durante estas noches solitarias: que la perdonaba, que no me importaba qué hiciera o dejara de hacer con mi vida, siempre y cuando la tuviera entre sus manos; que podía desmembrarme una y otra vez, sacrificarme en su altar, porque siempre surgiría de mis cenizas como un fénix masoquista… Lo que en ese instante me aterró fue la posibilidad de que estas naves quemadas, esta noche triste en la que las mentiras, las promesas, el alma y el cuerpo desnudos que flotaban en el aire helado de diciembre se perdieran en el vacío y todo volviera a ser como antes. Miré de nuevo a Vanessa y comprendí su dolor, su corazón estragado se me reveló igual al mío, ambos conocíamos la miseria, la mezquindad, la mentira… Así que tomé sus manos entre las mías y las besé con el más profundo de los respetos que pude hallar en mi interior, terminamos la botella de ron y salí tambaleándome de aquel lugar que se acababa de convertir en un sitio sagrado, pues allí donde afloran oscuros deseos y sale a flote la verdadera naturaleza humana, donde tantas vidas se entrecruzan con sus cargas al hombro, había encontrado a alguien que habitaba conmigo esta inmensa noche triste en la que los ejércitos huyen batiéndose en desbandada frente a un enemigo al que saben que, tarde o temprano, volverán a enfrentarse.
Para Yesenia, Liliana, Sandy, Alexandra, Darly,
Wendy, Ruby, Jennifer y Heidi.
Con toda admiración y cariño, estas líneas.
Cuando mi novia me mandó para la mierda dejando tan sólo el hálito de su ira mal contenida, lo primero que hice, después de secar alguna lágrima que brotó sin ser invocada, fue levantarme de mi cama, ponerme el par de tenis negros, lanzar contra la pared el portarretrato con la foto tomada en alguna fiesta en la que se nos veía tan felices y largarme para ese lugar en que, según dicen, nadie puede sentirse solo en Ningunaparte: el Bar Cortés. Algunos, entre los que se encontraban mis amigos, habían hablado de él varias veces como el Paraíso en la Tierra, una especie de remedio para todos los dolores, en especial los del corazón; pero por ese tiempo me hallaba tan desbordante de felicidad que ni siquiera adivinaba que unos meses después estaría caminando por la calle Balzedas rumbo a ese sitio, buscando una cura para mi desconsuelo. Es horrible andar por estas calles llenas de frío, de agua empozada, de recuerdos de días felices en los que Verónica y yo caminábamos tomados de la mano, jurando que ese amor que nos arrastraba iba a durar hasta el fin del tiempo… Definitivamente Ningunaparte no es un buen sitio para vivir con una decepción en progreso, llevando entre los dedos fragmentos de sueños rotos, pedazos de conversaciones en el parque al calor del sol, retazos de canciones dedicadas que parecen esquirlas clavadas en el corazón; aquí sólo hay tenderos gordos con los delantales sucios y palillos entre los dientes, viejas beatas que ocultan su conciencia bajo desteñidas mantillas, oficinistas y empleados a quienes lo único que les interesa es llegar rápido a su casa, y por eso se desgañitan y forcejean para hacerse a un lugar en el perimetral.
Esta noche está vacía, terriblemente vacía en el asfalto donde camino y sólo se escucha a lo lejos el bullicio de los villancicos que preludian la navidad. En las ventanas se ve la secuencia monótona de los bombillos de colores, acompañada del chillido que imita melodías sabidas y que surgen como viejos icebergs en esta época del año… Cómo odio la navidad, cómo odio arrastrar mi dolor por estas calles donde nadie sabe que me desangro, que me ahogo en el charco de mis recuerdos, siempre acompañado por la voz de Verónica al otro lado de la línea pronunciando esas palabras que ya intuía, pero con las que tenía miedo de encontrarme. Siempre surgen problemas, excusas de último minuto, maneras de esquivar la verdad que hedía sobre nuestras cabezas y que sentía en cada beso, en cada caricia hipócrita que me daba. Verónica lo venía preparando desde hacía mucho, lo supe aquella vez en la que me juró que la hacía la mujer más feliz del mundo, vi la mentira en sus ojos negros que brillaban al decírmelo, sentía sus manos entrelazarse con las mías, pero aquellas me dejaron adivinar que ya no me pertenecían, que alguien, cuya huella estaba fresca, las había sostenido tiempo antes y que mi contacto les resultaba extraño. Era cuestión de tiempo la llamada de hace un rato, muchos días atrás pasé horas enteras viendo el teléfono, esperando como un condenado a muerte el instante en que repicaría trayéndome la noticia fatal, el anuncio oficial de mi deceso en la vida de Verónica.
La calle Balzedas es una amplia avenida en la que hay de todo un poco, podría decirse que es la tercera calle más importante de Ningunaparte; no tiene el glamour de la Libertadores, ni la febril actividad comercial de la Rosales, pero no carece de encanto. Me digo esto como si me estuviera guiando en un insensato recorrido en el que el único turista soy yo mismo, perdido en mi ciudad, habitante de Ningunaparte que no sabe por dónde va ni hacia dónde se dirige… No, eso lo tengo claro: el Cortés me espera al final de la Balzedas, justo donde dicen que empieza el peligro y donde cada fin de semana hay una riña o una muerte minuciosamente registrada por El singular, el diario de Ningunaparte. Espero que hoy no ocurra nada así, al menos mientras estoy en este sector. Pero reconozco que es torpe ese deseo, ¿cómo puedo pedir que no me ocurra nada, cuando ya ha sucedido lo peor que podría pasarme? Lo único realmente malo sería que algún borracho me confundiera con el amante de su mujer y me sembrara tres balazos en el vientre, o que un par de rateros creyeran que llevo encima los tesoros del Rey Salomón, o por lo menos mi sueldo, y quisieran salir de una mala noche… Entonces Verónica no tendría más remedio que abalanzarse con su melena retorcida y oscura sobre mi cajón, llorar a mares, arrepentirse por haber hecho esa llamada a tan altas horas de la noche y suplicar al cielo que la perdone… Lo que no pasa de ser el sueño de un hombre desengañado que llega al final de una calle, ve el letrero brillante de un bar y con cara de alelado contempla ese lugar mítico y extraño.
Desde la entrada es difícil distinguir el fondo del local, no sólo por el humo denso que se apropia del lugar sino también por las luces naranjas, azules y rojas que enceguecen. El estruendo de la música de moda revienta los tímpanos de los que ríen sentados alrededor de la barra que atienden varias mujeres que se contonean de un lado a otro y se repiten incesantemente en las paredes llenas de espejos. Levanto mis brazos para que el encargado de la seguridad se cerciore de que no llevo ningún arma encima, salvo mi rencor, e ingreso por fin al bar, al cielo prometido en los relatos oscuros y secretos de los habitantes de esta ciudad, demasiado pacata aún como para entender y aceptar la existencia de un lugar así. A pesar de haberlos escuchado una y otra vez, nunca mi curiosidad fue superior al sentimiento de fidelidad que le debía a Verónica, pensaba que no debía (ni podía) poner mis ojos o mis manos en otra mujer que no fuese ella, pues mi conciencia me ejecutaría como un despiadado verdugo. Pero ahora las cosas son distintas: sé que Verónica apenas si conoce esa palabra y que quizá en este instante en el que una de las niñas de la barra me señala con la mano derecha una silla vacía, ella estará riendo y besando a ese alguien a quien yo apenas intuía y se divertirá con él hasta que termine la noche… Pero eso pasaba en otro lugar remoto, a muchos pensamientos y recelos de donde yo me hallaba sentado en ese momento y donde una mujer, enfundada en un uniforme cuyo escote y longitud serían motivo de expulsión inmediata en el Liceo Farallones, se presentaba como Vanessa y me preguntaba con una voz proveniente del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal si quería tomar algo. Miré a mi alrededor y la mayoría de los que estaban sentados apuraban una cerveza que era servida por las colegialas en vasos de plástico, así que lo más prudente, al ser mi primera vez en aquel sitio, era seguir la corriente. Sin embargo, aquella noche quería olvidar tanta prudencia, todo lo que era normal en mí y pedí algo que estuviera más allá de mis costumbres y al alcance de mi bolsillo.
Una botella de ron fue la respuesta y Vanessa se dirigió hacia una especie de armario en el que un hombre cubierto por una luz tenue se entretenía mirando cómo el lugar se llenaba poco a poco de individuos cuyas características fundamentales eran vestir iguales, tener en los ojos el mismo brillo extraño, mezcla de apetito, temor y desgano por la vida, llevar el mismo corte de cabello a ras que ocultaban bajo gorras desgastadas y las mismas barbas y bigotes ralos que disimulaban una sonrisa cómplice en la que serpenteaban rasgos de maldad e insolencia. Así imaginé a mi rival, a ese ser humano que le había arrebatado a mi vida el milagro más grande que le había ocurrido en mucho tiempo, claro está que con la complicidad del propio falso milagro. Lo vi en cada rasgo distorsionado, en cada carcajada estruendosa, en esas camisetas mal encajadas, en los jeans sucios de los hombres que se arremolinaban como simios alrededor de la hembra haciendo gala de su arrogancia y exhibiendo su deseo. Vi en ellos a mi rival y odié profundamente aquella noche llena de mentiras, odié una vez más a Verónica que seguía destazándome a distancia y levantando entre sus dedos mis entrañas como un trofeo, odié la torpeza que me había llevado de tumbo en tumbo desde las palabras falaces de esa mujer que decía dar su vida por mí, hasta este bar en el que bebía el primer trago de ron y dejaba caer la cabeza sobre mis brazos cruzados en la barra. No pude contener una nueva lágrima, cuando sentí sobre mi cabeza el contacto de unos dedos muy finos y nuevamente aquella voz que se dejó oír para preguntarme si ocurría algo. Apresuradamente, borré todo rasgo de la lágrima en mi rostro y levanté la cabeza hasta fijarme en el rostro de Vanessa. Le contesté que no era nada, que era sólo un dolor que ya pasaría. Ella, leyendo el gesto y la respuesta, adivinó que estaba despechado y que segundos antes había llorado. Trató de consolarme con los argumentos que se esgrimen en estas situaciones: que no me convenía, que ella no sabía de lo que se perdía, que tarde o temprano yo iba a encontrar a alguien que me mereciera, que el tiempo lo cura todo… esos laberintos fáciles en los que se intenta confundir el dolor con la esperanza para crear la mágica cura que anestesie de una buena vez y traiga el tan anhelado olvido.
Pero esa noche no quería evasiones, no quería irme por la puerta de atrás como quien huye, sino que quería beber hasta las heces el cáliz de ignominia y traición que la mano de Verónica me ofrecía indolente. Así que le conté a Vanessa mi historia punto por punto, sin ahorrar detalle por doloroso que resultara, sin omitir viajes soñados a destinos que sólo los dos conocíamos, proyectos extraños cuyo funcionamiento y éxito estaban garantizados por la fusión profunda de nuestra voluntad. Hablé de una inexistente casa de dos pisos y terraza, con jardines donde crecían las rosas y las margaritas más vistosas de toda la cuadra, de tres hijos maravillosos y fantasmales que nos despertaban cada domingo con una algarabía que terminaba por levantar a todos en Ningunaparte, de un par de canarios, un conejo y un perro de ensueño que ellos conservaban como fenómenos vivientes y extraños… Hablé sin parar de un paraíso que se diluía entre mis manos y fluía hacia las cloacas del pasado hasta convertirse en agua negra y pestilente mientras bebía. Sólo entonces me fijé en Vanessa, vi su cabello oscuro cayendo ensortijado sobre sus hombros, sus brillantes ojos café, sus mejillas blancas y salientes, su nariz pulida, sus labios gruesos como dos mandarinas jugosas a punto de reventar, su delicado cuello en el seque veía la persecución agónica de la sangre dentro de las venas, sus senos de niña-mujer apenas insinuados con inocente malicia, su cintura delgada en la que reposaba un tímido ombligo en forma de elipse, la sinuosa curva de sus caderas que desembocaba en las piernas cubiertas por unas botas de cuero negro con un tacón lo suficientemente largo como para elevar su estatura al nivel de mis ojos que volvían de su breve paseo y se encontraban de frente con la pregunta sobre mi rival y la información que yo tenía de este. Tuve que confesarle que mi gran vergüenza era ser vencido por un enemigo al que no conocía, que no había dado la cara y cuyo rostro y presencia se debían más a un retrato hablado dibujado por mi celosa imaginación que a una visión clara del personaje en cuestión. En ese momento, le pedí que sirviera un par de tragos y brindara conmigo por el relato de mis desgracias que me había dejado con la garganta y el alma resecas.
Justo en el instante en que Vanessa volvía a la barra con la botella en la mano, las luces del bar relampaguearon tres veces. Miré algo confundido hacia todos lados y vi que los hombres se inquietaron, el encargado de la seguridad cerró la entrada del lugar con un biombo instalado en el marco de la puerta, miré luego a Vanessa (que seguramente se habrá reído después de mi cara de estupefacción) y ella, tomándome la mano, me dijo:
–Tranquilo. Es sólo el show de Daniela. Ya nos vemos.
Me dio la espalda y se dirigió hacia donde la esperaban las otras niñas. Sentí cierto escalofrío cuando vi que la puerta del armario se abría y todas las colegialas desaparecieron en fila como si las hubiese llamado el coordinador de disciplina, y del fondo de ese lugar surgió una mujer cubierta por una especie de negligé negro, rematado en algunos lugares con encaje del mismo color. El ambiente del bar cambió enseguida: la música estridente dio paso a una muy acompasada, parecida a las pulsaciones de un tambor invisible, las luces se atenuaron hasta el punto en que era difícil distinguir con certeza los rasgos de quien estaba sentado a dos sillas más allá de donde me encontraba, pero el cambio más significativo ocurrió en los individuos que me rodeaban: apenas la mujer empezó a caminar y a balancearse por el lugar entre las dos barras, los hombres empezaron a chiflar, a gritar las obscenidades más gruesas que conocían y que serían capaces de sonrojar a una verdulera de Santa Sofía; pero lo que más molestia me causó fue el hecho de que algunos acompañaban las pulsaciones de la música golpeando la barra con sus manos, lo que generaba, además del ruido, una desagradable sensación en mis brazos apoyados sobre la misma. Así que tuve que retirar mis brazos de la barra y concentrarme en los movimientos de Daniela.
Era más bien pequeña, aunque si mis ojos no me engañaban o se dejaban engañar por la longitud del tacón de sus botas, debía tener más o menos la misma estatura de Vanessa, pero se diferenciaba de ella en el color del cabello (negro como el cielo de esa noche), el tono de piel (absolutamente blanca, similar al brillo nacarado de las perlas), el tamaño y color de los ojos (enorme y negro par de aceitunas en conserva), la nariz y los labios (delgados y con un gesto muy extraño de desdén que me impactó desde el principio), el mentón (saliente y retador) que le daba a su rostro un aire de desafío que hacía cimbrar toda la atmósfera alrededor. También su cuerpo era distinto: era algo robusta, con unos senos que temblaban al compás de la música, su cintura era un poco más ancha que la de Vanessa, aunque el final de su espalda estaba adornado con las volutas de un raro tatuaje. Sus piernas eran algo más gruesas, sin embargo, las hacía girar sobre el piso de madera con tal gracia que parecían las de una gimnasta consumada… O eso fue lo que pensé cuando se aproximó a donde me hallaba sentado y con una agilidad que no asocié con su figura se sentó sobre la barra, volvió sus piernas hacia mí, apoyó su bota derecha en mi silla, el otro pie sobre la silla vacía que estaba a mi izquierda, se irguió con toda su fuerza y su figura tentadora, y con las manos apoyadas sobre la pared de espejos empezó a contonearse sobre mi rostro. En ese instante, el mundo pareció estallar a mi alrededor: sentía cómo mi sangre fluía cálida, nerviosa y agitada por todo mi cuerpo, cómo mis manos se aferraban angustiadas y temblorosas al asiento, cómo por mi nariz entraba un raro y delicioso aroma que emanaba del cuerpo de Daniela, un olor que no me recordaba a nadie más y se mezclaba con el vapor de su respiración agitada por los movimientos serpenteantes que ejecutaba sobre mí. Sentía la tibieza de ese cuerpo meciéndose contenido apenas por un sostén y un liguero, oía el crujido rechinante de sus botas sobre las sillas, el roce del satín rosado que componía el par de flores que remataban la parte de atrás de la tanga. Veía ese rostro, ese gesto de desprecio y de desafío repetirse en la superficie gastada de los espejos y descubrí que ella no estaba allí en ese momento, que estaba a kilómetros de las miradas ansiosas que la envolvían, contemplándose a sí misma en cada movimiento comprobando la sincronía de su cuerpo con la música, huyendo de los pensamientos, las manos sudorosas y el deseo de los hombres que rebullían allá abajo. Escuchaba el bramido distante de todos en aquel lugar, suponía sus ojos inyectados de lujuria deteniéndose en cada pliegue, en cada recodo de Daniela, veía cómo se relamían de gusto, cómo cada sonrisa traducía un pensamiento inconfesable y cada respiración delataba un ansia instintiva, casi animal. De repente, Daniela se sentó nuevamente sobre la barra y haciendo gala de su agilidad felina saltó al espacio vacío repitiendo sus balanceos al compás de la música que de un momento a otro se hizo más lenta hasta que se dejó oír en el aire una melodía muy conocida, una canción que se escabulló hacia lo más hondo de mi memoria y revivió el fantasma de Verónica en una noche en la que el deseo pudo más que las reglas de la lógica y la autoconservación. Sobre las tablas del pasillo surgió invocada por la música y por mi memoria encandilada por el ron, con su melena retorcida y negra, con su mentira a flor de piel tomando posesión del cuerpo de Daniela. Llevó las manos lentamente hasta su espalda, con la punta de los dedos tiró de la cuerda que anudaba el sostén negro y sus pechos redondos y turgentes brotaron como sueños surgidos de la pesadez y el delirio. Tomó un trozo de hielo y lo frotó contra sus oscuros pezones que convulsionaron hasta ponerse rígidos y señalar el cielo envenenado de aquella noche. Siguió meciéndose al ritmo de esa canción que prohíbe llorar en esta noche baby, maybe someday, y deslizando sus manos traicioneras en ese cuerpo que fingía deseo y que ahora debería pertenecer a otro, gemir para otro y rasgar dolorosamente la espalda de otro cuando el goce llegara a su punto más alto. En un momento, saltó nuevamente sobre la barra, se puso de rodillas frente a mí y con lo que aún le quedaba de verdad en el alma y en el rostro haló las tiras de la tanga, tomó la prenda entre sus manos y la deslizó suavemente sobre mi nuca mientras arqueaba su espalda hacia atrás y se lanzaba de nuevo hacia adelante golpeándome con una oleada del aroma mortal que surgía de su cuerpo revolviendome el alma hasta hacerla indescifrable y hundirme en el laberinto de preguntas que había dejado su cuerpo evanescente al otro lado de la línea… Cuando terminó la canción y el auditorio prorrumpió en un nuevo torrente de aplausos, chiflidos y golpes en la mesa, volvi a ver a Daniela que con paso cansado se dirigía, con sus prendas en la mano, al armario de donde surgieron las colegialas que ocuparon los lugares en los que se encontraban antes del show. Bebí un nuevo trago esperando que con él se disipara la sombra de Verónica que se había hecho presente hacía un instante.
Cuando Vanessa llegó hasta donde me encontraba, se sirvió otra copa. Ya la botella iba llegando a su fin, el licor me quemaba las entrañas al igual que el recuerdo de Verónica. Esa era la última noche que lloraba por ella, era la de irme por fin de la vida de Verónica, expulsado para siempre por sus palabras, por sus miedos, por el hecho de haberme engañado, por prometerme una felicidad que ni siquiera estaba en sus manos conceder. Pero la noche me reservaba aún otra sorpresa que jamás habría imaginado y que hizo que fuera más triste y desolada de lo que ya era: a Vanessa le vibró su teléfono celular y se encerró en un baño que quedaba contiguo al armario. De allí salió al poco tiempo con las lágrimas aún sobre el rostro, con una expresión nada semejante a la de la muchacha jovial que me había recibido al inicio de la noche. Ahora se veía abatida, con los ojos hundidos en lo más oscuro de su angustia, una sombra densa se había posado sobre sus hombros y la obligaba a derrumbarse sobre sus botas sin darle oportunidad de ponerse en pie de nuevo. Llegó hasta mí, tomó la botella, se sirvió pausadamente una copa llena, la bebió de un solo golpe, dejó la botella casi vacía sobre la superficie de madera y apoyando el brazo sobre la barra reclinó su cabeza sobre el puño y dirigió la mirada hacia la salida del local.
No le pregunté inmediatamente qué le había ocurrido, pues además de imprudente, me parecía que necesitaba algo más de tiempo para poner en orden la convulsa maraña de pensamientos que adivinaba en sus labios. Cuando al fin se irguió, dejando escapar una profunda exhalación, me atreví a mirarla a los ojos e indagar qué escondía tras esa cara triste. Frunció el gesto y pretendió huir tras los mismos telones en los que yo me escondí cuando preguntó qué me ocurría. Sin embargo, no pudo guardar por más tiempo ese impulso que le estaba oscureciendo el alma y me contó que hacía algún tiempo había conocido a un hombre que le había prometido esta vida y la otra, poner la luna a sus pies, el mar alrededor de su cintura y poco a poco la fue conduciendo hasta ese punto en que el amor pone una venda en los ojos para hacer creer que no existe vida más allá de las palabras bonitas, las caricias, los besos y la entrega apasionada de dos cuerpos ebrios en su propia inconciencia. Después de ese sublime instante, a él se le olvidaron las promesas, los juramentos y entró en un mutismo exasperante, deslizándose entre ausencias injustificadas y excusas retorcidas e improbables; pero en ella estaba demasiado encendida la llama fatua del amor como para sospechar qué pasaba, hasta el día funesto que lo vio besando a otra mujer en un centro comercial al que había ido para oxigenar la mente y aturdirse con el bullicio y el brillo de las luces y las sedas en las vitrinas. Cuando intentó ponerlo contra la pared para vindicar su corazón lastimado y sus anhelos rotos, él se le rió en la cara y le reprochó el hecho de que trabajara en un sitio en donde todo el que entraba la desvestía con la mirada, le preguntó si creía que acaso se iba a fijar en serio en una mujer que estaba semidesnuda toda la noche detrás de una barra, se deleitó en puntuales comparaciones entre ella y su rival, exaltando que esta última sí era una verdadera mujer y sí sabía cómo complacerlo. Cuando la ira de Vanessa se desbordó en un grito que le desgarró las entrañas, la única respuesta que obtuvo de él fue el dorso de su mano golpeándola en el rostro y en el alma con una fuerza devastadora mientras le gritaba que se largara y dejara de joderle la vida, que no lo volviera a buscar y que si lo hacía ya sabía a qué se atenía. Pero ese mismo hombre era el que hacía un rato había vuelto a llamar, rodillas en tierra, a pedirle que lo perdonara, a decirle que todo había sido un error y que le hacía falta. Con una lágrima a punto de caer, Vanessa apenas susurró:
–Y yo le dije que sí, que lo perdonaba…
No quise saber las razones por las cuales lo había hecho, pues de sobra las conocía. Ni siquiera intenté hacerle ver que a todas luces cometía un error del que más tarde tendría que lamentarse. No pensé que lo mismo me ocurriría a mí cuando Verónica llamara al día siguiente y con su voz de niña regañada me dijera que lo sentía, que jamás había querido hacerme daño, justamente a mí, la persona que mejor la comprendía y la conocía más que nadie, y entonces me escucharía repetirle eso que había guardado como un tesoro inútil durante estas noches solitarias: que la perdonaba, que no me importaba qué hiciera o dejara de hacer con mi vida, siempre y cuando la tuviera entre sus manos; que podía desmembrarme una y otra vez, sacrificarme en su altar, porque siempre surgiría de mis cenizas como un fénix masoquista… Lo que en ese instante me aterró fue la posibilidad de que estas naves quemadas, esta noche triste en la que las mentiras, las promesas, el alma y el cuerpo desnudos que flotaban en el aire helado de diciembre se perdieran en el vacío y todo volviera a ser como antes. Miré de nuevo a Vanessa y comprendí su dolor, su corazón estragado se me reveló igual al mío, ambos conocíamos la miseria, la mezquindad, la mentira… Así que tomé sus manos entre las mías y las besé con el más profundo de los respetos que pude hallar en mi interior, terminamos la botella de ron y salí tambaleándome de aquel lugar que se acababa de convertir en un sitio sagrado, pues allí donde afloran oscuros deseos y sale a flote la verdadera naturaleza humana, donde tantas vidas se entrecruzan con sus cargas al hombro, había encontrado a alguien que habitaba conmigo esta inmensa noche triste en la que los ejércitos huyen batiéndose en desbandada frente a un enemigo al que saben que, tarde o temprano, volverán a enfrentarse.
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