NOWHERE'S MAN
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Pablo Neruda.
Para Adri, sin quien soy el hombre de ninguna parte
Se había sorprendido al principio, pero luego comprendió que eso era lo que estaba esperando desde la última vez que se habían visto. Cuando colgó el teléfono dejando atrás esa voz que le había hablado desde un pasado lento y quemante, no pudo evitar la avalancha de recuerdos que le caían encima y lo dejaban como sacudido, como una especie de náufrago que aún esperaba un rescate que jamás habría de llegar. Lentamente salió de las galerías oscuras de su memoria y se dirigió, andando lentamente por el pasillo, hacia la calle atestada de gente que no tenía idea de nada y se perdía en el aire febril de la ciudad. Se acercó al cajón de un ambulante y pidió un cigarrillo; más que por costumbre (sólo tenía tres o cuatro razones para fumar) lo hizo porque era el olor que le anunciaba la presencia de ella, la irrupción de su cuerpo de sirena menuda, su piel morena llena de leves vapores en los que él se había perdido hacía ya tanto tiempo y que no querían desaparecer por el conjuro mágico del agua y el jabón… todo eso contenido en el cuero vegetal de una planta quemándose lentamente. La cita era al atardecer, en el sitio que ella había elegido, ese mismo en el que se habían encontrado en tiempos más felices, en circunstancias más propicias en las que no podían ni siquiera imaginarse heridos por los rigores de la distancia y el tiempo. Ignoraba (o quería ignorar) por qué ella había escogido justamente ese sitio, tal vez planeaba, como los buenos estrategas, tener la ventaja táctica y llenar al enemigo con peligrosos recuerdos, guerra psicológica con el fin de reducir su voluntad al estado monachito, aquel en el cual ella podía hacer lo que quisiera con él. Y eso estaba bien.Luego de salir de la biblioteca debía ir hasta la editorial para entregar un trabajo asignado desde hacía un mes. Miró en su muñeca (por qué tendrá ese nombre tan, tan…) el último reloj que había tenido que comprar y vio que el tiempo, si lo sabía administrar y la ciudad cooperaba, era suficiente para llegar a tiempo al café del centro. Por un momento se materializó frente a él uno de sus temores arcanos: si no estaba en el sitio a la hora acordada, se quedaría de pie en medio de un auditorio de rostros que se reiría, con toda seguridad, de su estupidez. Ella no lo esperaría, se llenaría de esa materia negra que le brotaba por los poros y le cubría la cara con una sombra de impaciencia y se llevaría su cuerpo delicado y su alma (sobre todo su dulce alma) lejos de aquel sitio y ya ni el teléfono serviría de puente, de vaso comunicante. Así que aceleró el paso y tomó una buseta que debía conducirlo, según sus cálculos, en poco menos de una hora hasta las puertas de la editorial. Pagó como de costumbre y buscó el asiento de siempre: cualquiera que estuviera cerca de la ventanilla, el sitio perfecto para el corazón que escapa o para la memoria que busca recuerdos perdidos. Instantáneamente vinieron a su mente las imágenes entrecortadas de lo que había sido su paraíso asombroso, ese periodo de tiempo en que había sido –por primera, última y única vez- feliz de verdad. Recordó, sin que se perdiera uno solo, todos los besos que se habían dado, todas las veces que sus manos se entrelazaron bajo el frío inclemente de la noche, el día en que sus cuerpos sin ataduras, alma pura, se encontraron por primera vez una tarde de lluviosa de noviembre, muy parecida a la que transcurría allá afuera, detrás del cristal de la ventanilla. Y no pudo reprimir ese espasmo, ese corrientazo que le aceleró el corazón y le hizo germinar en mitad del alma las enormes ganas que tenía de verla de nuevo, de que otra vez ella reclinara la cabeza contra su pecho para convencerse (qué palabra estúpida) de que eso era el amor, no lo que leía incansablemente en los libros o las tibias e insulsas explicaciones a las que llegaba luego de destripar la lógica. Cómo había extrañado su voz lenta y sedosa entrando por sus oídos, sus dedos delgados y finos como cuchillas que le destrozaban las mejores intenciones, el ritmo acelerado de sus piernas, toda la esencia de su cuerpo breve y delgado cubriéndolo como un guante, aprisionándolo entre quejidos y murmullos casi ininteligibles que no iban hacia su razón, sino hacia esa parte que se empeñaba en negar con toda su fuerza, pero que seguía allí como un perro, mirándolo con sus ojos tristes. ¿Por qué lo había permitido? ¿Por qué no había sido capaz de oponerse a todos los pretextos que se había inventado? ¿No era ella pues su hoja en blanco, su niña, el ser que poseía la llave mágica del reino de la locura? Sí, sí, sí y los golpes contra la ventana (deseos de pavimento) eran otras tantas recriminaciones, inútiles como todas las de su tipo, conducentes a la nada del tiempo perdido, al todo tiempo pasado y ya se sabe… pero seguía allí mientras todo a su alrededor se deslizaba, se dejaba ir, perdía cada vez más sentido sin ella, sin sus palabras, sin sus pucheros de niña mimada, sin su boca al otro lado de la línea riéndose a carcajadas. Y la buseta llegaba a la editorial y lo dejaba con la ansiedad en el borde de la cara, esperando salir de allí lo más pronto posible. La reunión había tardado más de lo que él pensaba y ahora tenía que sumarle la angustia a la ansiedad que ya sentía. Desesperado, atravesó de cuatro zancadas (qué oportuno resultó tener piernas largas y pies grandes) la avenida y se ubicó debajo del techo del paradero pues empezaba a lloviznar; y esas gotas de agua lo sumergieron de nuevo en una tarde en la que caminaron juntos bajo el Diluvio Universal, después de ser ensopados por un auto que cruzó a toda velocidad y en la que sus almas se acercaron hasta fundirse en un solo ser húmedo y confundido, pero lleno de la certeza que poseen los amores recién nacidos. Miró impaciente el reloj y entendió que ella ya lo estaba esperando, sentada en una de las mesas del altillo del café y que había pedido un cigarrillo para dominar los nervios (porque ella estaría nerviosa), al tiempo que solicitaba esa canción que habla de lo absurdo que es estar vivo sin tu latido amor mío y miraba también el reloj. Y maldijo entonces toda su vida mentirosa, sus triunfos farsantes, tantos pergaminos engreídos que se habían ido acumulando en las paredes de su cuarto como despojos que hedían a pedantería barata; maldijo el tiempo que había desperdiciado extraviándose en complicadas búsquedas de aquello que alguna vez había tenido entre sus manos y que tan torpemente había dejado escapar. Maldijo el habitar un paraíso sin Eva, un cielo inverso de ángel caído, lleno de milagros negativos. Pero ahí venía el billete de salida, la barca de un Caronte urbano que viajaba al revés para mostrarle la salida del Averno. Se subió en ella, pagó su óbolo, y se dispuso a que la distancia entre su ansiedad y la impaciencia de ella se fuera acortando.Imaginó qué palabras podría decirle para excusar su tardanza, qué discurso solemne enarbolaría como una bandera para apaciguar los ánimos; pero sabía que ella lo conocía lo suficiente como para no creerle, trató de ver anticipadamente su rostro y lo concibió detalle por detalle, recorrió cada doblez, cada respingo, cada herida causada por el ir y venir del tiempo, y la supo hermosa, más hermosa que la primera vez que se dio cuenta de que ella existía. Pensaba decírselo apenas la viera, pero no como una verdad obvia, como una lección memorizada, sino como lo que con exactitud era: un grito que emergía de lo más hondo de su nostalgia solitaria, de su amor reservado todos estos años lejos del polvo de lo cotidiano, de la polilla de las salidas fáciles que carcomen el corazón. Le diría que estaba hermosa, le gritaría en un susurro al oído todo lo que había arrojado en el pozo sin fondo que había cavado dentro de sí después de lo que había pasado y dejado de pasar entre los dos, se abandonaría en el aroma de su cabello negro e iría hacia donde ella quisiera arrastrarlo y de nuevo se perdería en el abismo sin final de sus ojos brillantes de donde no querría salir nunca jamás. Ya iba cinco minutos tarde cuando puso los pies en la acera, a cuatro cuadras de la impaciente espera de ella. El corazón se le aceleró de repente y los pies se le antojaron lentos cuando cruzó a toda velocidad la placita que quedaba frente al café, llegó a la puerta y vio lo que le pareció la Tierra Prometida, el Santo Grial que tan ansiosamente había buscado en todos estos años infructuosos: allí, bajo la tenue luz del altillo, con su cigarrillo favorito, envuelta en una espesa bruma de misterio, ansiedad y amor acopiado estaba el pedazo de vida que tan neciamente había dejado perder, la razón que no había encontrado en los entresijos de su cerebro, el latido que le seguía quemando las entrañas repletas de soledad. Allí estaba ella.Subió las escaleras y con lo primero que se tropezó fue con la mirada de pantera al acecho que ella le lanzó, pero supo que en esa mirada no habitaba la furia, sino que más bien era la voluntad misma quien había salido a recibirlo. Llegaste un poco tarde fue lo primero que escuchó de los labios que había anhelado e imaginado día tras día, borroneados en la forma de alguna nube perdida, en la silueta de los papeles en los que se despistaba todos los días; él devolvió las palabras con el asombro de su mirada, no estaba molesta con él, tal vez un poco con la vida que los había separado con todos los parapetos que habían levantado el tiempo y la ausencia, y ese era un enojo compartido. Pero ahora no se darían el lujo de perder más instantes valiosos, se llenarían los bolsillos, las manos, la boca con los minutos, los días, la eternidad que vendría de ahora en adelante como si fueran caramelos, dulces instantes en los que ya no habría tajos ni atajos para arrancarse de raíz, para expulsarse de un paraíso en el que estarían a gusto y en el que no habría el mínimo asomo de infelicidad. Pidieron dos cervezas y ella un nuevo cigarrillo para dar paso a la catarata de preguntas con las que pretendieron llenar el tiempo vacío que había transcurrido, ese tiempo sin sentido en el que él buscó la felicidad detrás de las cosas convencionales, la felicidad publicitada como los remedios de la abuela, la suprema panacea del casa, carro y beca; aquella felicidad anodina, desparasitada, inodora, incolora y sobretodo insabora; ese mismo tiempo en el que ella había marchado lejos y se había perdido en el vértigo de la vida que pasa de prisa sin dejar lugar para tomar un respiro, ese tiempo en el que a la distancia se sabía invocada en íntimos ritos, dibujada sobre las arenas de la ausencia… hablaron de lo importante de la Nada, de las palabras que estallaban como pólvora sobre gallinazos, de las ideas que alumbran la razón como fuegos fatuos. Y de esa Nada surgió el silencio, el silencio que precede a la fuga de los corazones. El silencio que se extendió como un puente entre sus miradas y en el que sus almas por fin pudieron salir corriendo y darse una caricia secreta, que nadie más en el café fue capaz de ver. Y como una exhalación, casi como un presentimiento, el amor se desbordó en las manos de ella que tomaron las de él y empezó a cubrirlas de tibios besos, esos mismos que él había soñado tantas veces en tardes de lluvia camino del trabajo, en años en los que la soledad era la única respuesta; esos años en los que fue el hombre de ninguna parte, el sin-lugar que andaba de un lado para otro buscándola en el aire nocturno cargado de promesas que se destrozaban con la fragilidad de cristales de hielo, vaticinándola en cada rastro de perfume que traspasaba el aire de la ciudad. Sus ojos volvieron a perderse en el abismo sin final del amor encadenado, de la distancia recíproca y sus labios, que desde el primer instante en que se vieron se habían deseado, se unieron en el vibrante anhelo de los cuerpos escudriñándose enteros. Habían llegado por fin a la mitad de ese silencio compartido, al hemisferio secreto que había precedido sus mutuas derrotas. Desde hacía tanto tiempo atrás se habían buscado por los laberintos intricados de los pretextos y de las falsas explicaciones que nunca se habían pedido ni se habían querido dar y ahora se encontraban, destrozados por el musgo insistente de los años que dejaron transcurrir por debajo de sus vidas aparentes y perfectas, como una corriente subterránea que carecía de fetidez, pues a la pureza de las cosas difícilmente la alcanza el fluido pestilente del transcurrir cotidiano. Ahora se miraban de nuevo a los ojos e indagaban en ellos los rastros que hacía mucho tiempo había dejado el amor, ese amor que se empeñaban en negar a través de mensajes equívocos e incomprensibles en los que se hablaban, pero que en los que en realidad no habían podido comunicarse. Allí estaban de nuevo buscándose desesperadamente en los deseos contenidos de sus cuerpos, de sus pieles atadas y cansadas de tanto fingir bienestares, comodidades propias de una vida mentirosa con la que se regalaban desde el amanecer, pero que al llegar la noche, maldita y cargada de acuciante soledad, querían mandar lejos y olvidar de una vez por todas. Allí estaban de nuevo encontrándose en medio del ruido de sus besos perdidos en infinitas tardes de sol, sentados en una especie de nube desde donde contemplaban la ciudad que se hundía en el vacío absurdo de un crepúsculo empeñado en quedarse para siempre sobre el aire congelado. Se tomaban de las manos y las sentían trepidar con ese estremecimiento propio de las tierras acostumbradas a los grandes cataclismos, y en ellos brotaba de repente ese sentimiento que tantas veces confundieron con la compasión disfrazada de ternura y que no era otra cosa que el amor que los despedazaba y los volvía a armar en estrepitosas respiraciones. Ella recostó su cabeza contra el pecho de él y pudo oír cómo cada gota de sangre repetía una y otra vez su nombre, cómo un latido angustioso clamaba por su aroma, por una sola de sus miradas y supo que en realidad nunca había salido de allí, que su presencia habitaba en cada rincón de ese alma que se agitaba bajo los músculos, los nervios, los huesos del hombre que la estrechaba entre sus brazos. Y recordó entonces el juramento que él alguna vez le había hecho de llenar su tumba de flores cada septiembre, y se lo dijo y él sólo fue capaz de asentir porque no solamente quería llenar su tumba de flores, sino que iba a llenar su vida misma de flores cada mañana cuando la viera despertar a su lado y le diera el beso de buenos días, cuando jurara (como ahora) que la iba a amar para siempre, cuando las catástrofes del tiempo y de la existencia se vinieran encima y sólo se tuvieran el uno al otro. Entonces él escuchó el minucioso, tierno y jadeante relato en que ella le reveló cómo lo extrañaba, cómo lo había buscado en las noches de callada angustia en las que deseó que sus dedos la hubieran recorrido de pies a cabeza, acariciándole la espalda de la forma en que ella le había enseñado a hacerlo; esas noches en que anhelaba oír su voz recién bajada del bus diciéndole que se moría por ella, que quería retenerla en medio de ese fuego común, de esas llamas que sólo los dos sabían cómo encender. Esas noches en las que él la hacía suya entre el aroma de su ausencia y la fe de su deseo. Y él solamente acierta a mirarla una y otra vez, con la misma sensación del primer día, cuando descubrió que ella era como tener en las manos algo maravilloso y extraño a la vez. Vuelve a besarla y se pierden en abrazos intensos en los que no sólo va el corazón, recado tardío, sino la misma vida que se quedaron debiendo como una ofrenda rota; mientras piden más cervezas y el lugar se va desocupando poco a poco y ellos se van llenando cada vez más con el amor que descubren al remover las losas bajo las que se hallaba sepultado.Pero ya se había hecho tarde y una de las empleadas del café se acercó a la mesa para pedirles que salieran del sitio. Era como una nueva expulsión del Jardín de Edén, sólo que esta vez Adán no se iría sin Eva y al cansancio que paralizaba sus movimientos se unía la tibieza de sus manos que se entrelazaban después de siglos y recuerdos de distancia; otra vez las manos de ella ocupaban el lugar exacto de la ausencia que habían dejado en las manos de él. Salieron a la placita al frente del café que él había recorrido sofocado por el esfuerzo para no dejarla ir de nuevo, estaba vacía, y ella miró al cielo oscuro y nublado de noviembre que transcurría sobre ellos, como si buscara algún astro que le indicara el camino a seguir; mientras él esbozaba, por primera vez en muchos días, una sonrisa que le produjo el sentir que ya no era el hombre de ninguna parte, sino que de verdad tenía un sitio, justamente allí donde las lágrimas de ella se confundían con la llovizna que empezaba a caer sobre la ciudad.
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