09/08/08

Una minificción

ESTOCOLMO

Cuando leyó la carta que un emisario de Su Majestad le había llevado lo pensó dos veces. Sin embargo, terminó por decidirse y empacó sus libros, su voluminosa correspondencia, su escasa ropa, sus títulos como rentista que le prodigaban una cómoda vivienda holandesa y permitió que lo transportaran hasta esa remota ciudad nórdica desde la cual había sido convocado. Su fama (amparada por un par de dudas convertidas en libros discutidos por todo el continente) lo precedía, así que no le había sorprendido en absoluto el hecho de que la mujer más inteligente de su tiempo requiriese con tanta urgencia sus servicios. Con lo que no contaba era que su futura alumna era, además, muy hermosa. Así por lo menos se lo dijeron sus sentidos al verla en la sala de audiencias de palacio; aunque su razón, fiel a principios y métodos trazados de antemano, le advirtió que tanta belleza no podía ser cierta y mucho menos, real. Sin embargo, no hizo caso y fue así como cinco meses después dejaba de existir, pues fiel a sus principios y métodos había dejado de pensar.