ANIVERSARIO
“Con gusto habría lanzado al fuego su corazón desengañado,
pero no encontraba la forma de arrancárselo del pecho”
Nathaniel Hawthorne
Abres tus ojos y me miras. Hacía rato que estabas ahí remoloneando, curvándote en medio de tus sueños, complaciéndote en desconocidas figuras que te hacían sonreír. Llevaba ya un buen tiempo observándote en silencio, callando absorto ante esa figura de sirena abandonada que dibujas con tu cuerpo sobre las blancas arenas del amanecer. Tus ojitos entrecerrados, el breve asomo de tus pestañas, esa naricita delgada y redonda que brilla como un sol en medio de tu cara, los pucheros que haces mientras estiras tus brazos como queriendo alcanzar el techo donde se reflejan las sombras de los vecinos que salen de sus casas bajo afanes absurdos que ni tú ni yo comprendemos. Respiras hondo y te frotas los ojos para ver por vez primera el mundo que te sonríe este día. Con tu voz ronca y pausada me dices Buenos días, yo te digo Buenos días, mi amor, mientras te acaricio la oreja con un dedo y jugueteo con ese desorden negro en que se convierte tu cabello sobre las sábanas al despertar. Me preguntas Qué hora es, y yo te respondo que no sé, que no hay tiempo, que no existen horas cuando reposo junto a ti. Te ríes como si te acabara de contar un chiste y pones tu mano sobre mi pecho, justo sobre el sitio en que mi corazón te ofrece cada latido. Tomo tus manos delgadas, tus dedos breves y los acaricio una y otra vez, los pongo entre los míos y los aprieto un poco, como para sentirlos míos. Haces una mueca y sin pensarlo me dirijo a tus labios para darte ese beso que a veces nos parece rutinario, pero sin el cual no podríamos sobrevivir. Me acaricias suavemente la cara y me recuerdas que no te gustan los hombres con barba; sí lo sé, nunca te han gustado, pero no tengo barba aún, solo breves apuntes, secuelas de una adolescencia incompleta. Me miras de nuevo y me dices que me amas, tus dientes y tus ojos brillan al decírmelo y siento como del fondo de ti misma sale una extraña energía, casi un instinto. Yo lo único que hago es poner mis manos sobre tu cara, clavar mis ojos en ella y darte un beso, mientras me digo que no hay otra verdad que aquella de este instante, en la que nuestros cuerpos se entrelazan sobre las sábanas de esta cama y se agitan como queriendo despedazarse. Nos fundimos en un solo abrazo fuerte y secreto del cual sólo los dos poseemos la intensidad y el significado. Pienso entonces que no podría haber algo más completo que lo que se respira esta mañana en la alcoba. Vuelvo mis ojos a ti y te recuerdo que se nos va a hacer tarde para el almuerzo donde tus papás, que debo afeitarme (gracias por ese gesto de complacencia) y que hay que pasar antes por el supermercado. Me dices que sí, que ya lo sabes y con ese tono autoritario con el que sabes gobernar nuestras vidas y evitar que se vayan al desastre seguro, me ordenas que debo apresurarme, mientras me das leves palmaditas que son recibidas con un coro de quejidos que lanzo. Tú eres inflexible y no aceptas peros, palmoteas y no queda otro remedio que obedecerte, pues ni siquiera aceptaste el leve soborno que te ofrecí con una ráfaga de mis besos. Me dirijo al baño con el cuerpo cargado de pereza, con ese paso tonto y desgarbado que dices que te excita tanto, estirándome para aquí y para allá, ejecutando una gimnasia absurda que no ha podido quitarme el peso de más que he ganado en estos años gracias a las delicias que preparas cada domingo. Dejo la puerta entreabierta, esperando que reconozcas la señal convenida desde hace tiempo: hoy no quiero bañarme solo, te quiero conmigo. No tardas en llegar y dejas caer frente a mis ojos la bata que recubre la octava maravilla universal, el refugio secreto donde hallo el sentido de mi vida. Tus pies se dirigen lentamente hacia mí sobre el baldosín frío que serías capaz de calentar tan sólo con una de tus miradas. Tus piernas delgadas y doradas por el sol del último viaje a Cartagena se deslizan en el espejo empañado por el vapor del agua; tus caderas amplias que se sacuden de lado a lado suavemente, con ese ritmo que sabes marcar, entre pantera al acecho y virgen inexperta. Tu pubis oscuro, expuesto a la leve caricia de mis dedos, tus senos breves y puntiagudos que se ofrecen descaradamente al contacto de mis labios. El cuello que me ofreces al entrar bajo la ducha como una golosina que sabes que he esperado desde hace mucho tiempo y tus cabellos que van humedeciéndose suavemente bajo el calor del agua que cae sobre ti, sobre nosotros que ya somos uno solo, unidos para siempre con un lazo invisible y poderoso que ninguno de los dos quiere romper. Desgasto mis labios sobre tu piel mojada y resbalosa en la que bebo el agua de la vida, te digo que te amo mientras me aferro fuertemente a tu cuerpo y rodeas mi cintura con tus brazos, te empujo suavemente contra la pared y me pierdo en la profundidad de tus ojos que me miran confundidos y que sé que buscan algo, tal vez el secreto íntimo de mi alma, ese lugar al que ni yo mismo he conseguido llegar en arduos días y noches de reflexión solitaria... te abrazo contra mi pecho y siento latir tu corazón ruidosamente, tu respiración agitada como un quejido de paloma herida. Te beso y me besas bajo una cascada infinita y veo como la vida entera se agita dentro de tu cuerpo que me brindas sin esperar recompensa alguna, esa vida que me otorgaste como una ofrenda silenciosa hace ya varios años. Quisiéramos quedarnos allí para siempre, nuevos Adán y Eva en un paraíso acuático sin asomos de serpientes ni manzanas, pero tu sentido práctico (ese pequeño dictador que guardas dentro de ti) te recuerda que nos esperan y que aún no estamos listos. Así que, con la más sutil de tus indiferencias, hundes tu cuerpo bajo una espesa capa de jabón, la retiras con un buen chorro de agua y te ocultas de mi mirada envolviéndote en la enorme bata azul, dejándome solo la más perentoria de tus advertencias: No te demores. Resignado con mi triste suerte de húmedo abandonado te digo No y empiezo a tararear la famosa obra operática para ducha: la donna é mobile, de Verdi; la misma que suelo cantar cada mañana con mi más desafinado acento y mi nulo conocimiento del italiano. Cuando acaba mi baño, te encuentro corriendo por toda la habitación que has convertido en una especie de desastre textil buscando qué vas a ponerte. Siempre te ha gustado ser exigente en todo y la ropa no es la excepción, así que ya sé que te vas a demorar un buen rato ahí, lanzando por los aires prendas de un color y otro. Mientras tanto yo busco el par de pantalones que me compraste la semana pasada y la camisa de las fechas especiales. Espero que esta mañana las cosas sean distintas pero en el fondo sé que asistiré a la misma escena de siempre: tú frente al espejo, con un rulo en la cabeza, mordiendo una pinza y con los cosméticos regados; tratando de vencer ese terrible complejo que casi te aplasta cada vez que te paras allí. Como siempre, termino primero que tú y te digo que voy a preparar el desayuno mientras acabas de arreglarte. Con la pestañina en las manos me recalcas lo mal cocinero que me he vuelto últimamente y pones en cariñosa duda mis habilidades culinarias. Se te quema hasta un agua hervida. Finjo estar herido por el comentario y juro que te vas a arrepentir, que me vas a suplicar por un poco más y que te vas a querer comer hasta la servilleta. Estallas en una carcajada y me ordenas ir a la cocina a cumplir mis amenazas. Salgo hacia allí y hago el desayuno. Cuando termino, te llamo pero aún debo esperarte un buen rato. Cuando por fin apareces en la sala, no lo puedo creer. Allí estás con la belleza de siempre, la misma de la primera vez que me fijé en ti, la misma del día de nuestro primer beso en ese bar al que nos habían invitado nuestros amigos. Con toda delicadeza te invito a pasar a la mesa, tú me miras y agradeces con un beso mi fina cortesía. Desayunamos rápido pues aún hay cosas por hacer. Recoges la mesa mientras salgo para calentar el carro. En el ascensor me encuentro con la señora de Rodríguez. Me pregunta que para dónde voy tan arreglado. Le respondo que para donde mis suegros a almorzar, pues hoy es nuestro aniversario. Me felicita de todo corazón mientras me abraza, y dice en un susurro Ah, el amor y el matrimonio, bella cosa hasta que se acaba, como todo en la vida. Le digo que no hay que ser tan pesimista. Me pregunta que cuánto tiempo cumplo de casado. Le respondo. Me hace una mueca algo sarcástica y me dice que hasta ahora estamos en la luna de miel y que lo realmente difícil no ha llegado. Muevo la cabeza con algo de incredulidad, mientras le recuerdo el tiempo que llevamos juntos. Se sonríe y me dispara una enigmática frase cuyo sentido no alcanzo a comprender: ese no es el verdadero problema. El ascensor llega a su destino y la señora de Rodríguez se va a su misa dominical con el padre Sánchez y me deja a mí con una frase entre mente y corazón. Abro la puerta del carro y lo enciendo, esperando impaciente que bajes. Por fin apareces y te disculpas diciendo que casi no encuentras las llaves. Salimos del edificio y me recuerdas que hay que ir hasta el supermercado por el ponqué y el vino. Hacia allá me dirijo mientras enciendes la radio. Te conozco y sé que no soportas el silencio, por eso, entre otras cosas, duermes con el radio encendido y llevas siempre contigo un walkman pequeño que te regalé el día de tu cumpleaños. Suena allí al fondo esa canción, la misma que elegimos para que fuera nuestra Juntos al fin, amor y juventud. Y al fondo niebla y luz ¿dónde irán? Dos siluetas cruzaban los pantanos del dolor. Y en la otra orilla de la noche, duelo y desolación... la cantamos juntos, haciendo un dúo desafinadísimo que hace estremecer a los transeúntes que nos miran como si fuéramos marcianos amémonos sobre las tumbas en silencio, como estatuas bajo el mar. Los dos unidos por las algas del olvido y olvidar. Las cosas del mundo en este anochecer nada importan ya... subimos la voz mientras la canción alcanza su clímax y me vienen inmediatamente a la cabeza las infinitas veces que te he hecho mía, que me has pertenecido desde aquella primera vez que descubrí tu asombrosa desnudez que había deseado durante tanto tiempo, los instantes que le hemos arrebatado a la eternidad para fundirnos en un solo ser y no estar separados por cosas absurdas. Tomo tu mano y la estrecho fuertemente, para evitar que te escapes de mi lado, para que tu espíritu leve se quede a mi lado y no se deje arrastrar por las corrientes de la incertidumbre que nos embaten día a día. Llegamos al supermercado y me pides que me quede en el carro, pues no te vas a demorar nada y consideras inútil pagar parqueadero por tan poco tiempo. Ahí está de nuevo tu instinto maternal-ahorrativo, protegiendo a los tuyos de los abusos del mundo exterior, como una fiera que se batiría por sus cachorros. Te gusta la comparación, aunque te parece algo excesiva. Hago mi mejor cara de inocente mientras te veo alejarte hacia el supermercado. Me pongo a mirar cómo el domingo va cayendo sobre las cabezas de los ciclistas, de las señoras que salen de misa, de los niños que juegan en el parque. La vida transcurre ahora frente a mis ojos y puedo sentirme ahora un poco fuera del Tiempo, viendo como el mundo se desenvuelve sin mí, congelado para siempre en una especie de dimensión externa en la que no ocurre nada, ni siquiera mi respiración. Veo como caen las hojas de los árboles, los rayos de sol se cuelan por las ventanas, los pasos recorren los adoquines calientes y una gota de agua se desliza lenta sobre el parabrisas del carro. Un golpe terrible me devuelve al Tiempo. Eres tú golpeando frenéticamente la ventanilla para que te abra la puerta, pues vienes cargada con paquetes. Vuelvo en mí y me despabilo para quitar el seguro y abrirte la puerta. Resoplas y te quejas de lo lleno que estaba el supermercado, de que casi no encuentras el ponqué del sabor que querías y de lo caro que está el vino. Te doy un beso para que tus múltiples preocupaciones se desvanezcan y puedas reposar tranquilamente. Vamos avanzando ya hacia casa de tus padres, por fin la celebración se acerca, son varios años que hemos vivido el uno al lado del otro. Esto es lo que hemos hecho juntos, a pesar del miedo, de la inconstancia, de tantas inseguridades. No podremos decir que somos la pareja perfecta, ni que en nosotros se haya cumplido la Inefable Voluntad del Universo, pero sí podremos decir que hemos sido, simplemente, felices. Llegamos a nuestro destino y tú estás impaciente, se te nota en los ojos. Estaciono y me das un beso y te bajas del carro disparándome una de esas miradas que sabes darme, las que me hacen presentir que la verdadera fiesta vendrá más tarde, cuando el ruido de la ciudad se haya apagado y sólo estemos tú y yo en nuestra habitación. Das la vuelta y empiezas a caminar provocándome, suspiro y de repente al mirar al frente el panorama se oscurece. Te miro de nuevo y te recuerdo tal cual eras, mientras te desvaneces en una niebla espesa que te va borrando definitivamente. Tus ojos ya no existen más; tu delgada, morena y delicada figura se va pulverizando y esparciendo por las galerías del tiempo y de la memoria, mientras grito desesperado, suplicando que este vértigo, esta caída en el vacío se detenga. Ahora giro y vuelvo en mí. Despierto de ese letargo en el que me había quedado y veo lo infinito de este cuarto oscuro, frío y húmedo donde me hallo solitario. Quizá lo que creo que acabo de ver sí era tu vida, pero con los ojos de otro, ese otro a cuyo lado quizá caminas ahora felizmente tomada de la mano. Me refriego los ojos y contemplo en la ventana la ciudad iluminada y bulliciosa que se extiende al fondo. Allí quizá sí vives en un sueño parecido a esta alucinación, a esta historia estúpida y fantasiosa que suelo contarme y contarte cada año, por estas fechas, mientras brindo con mi sombra por un año más que he pasado sin ti. ¡Feliz Aniversario, mí amor!
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