CARTA DEL SUICIDA
(Escrito póstumo para un amor que nunca lo fue)
¿Quién soy? ¿A dónde voy? Podría ser lo mínimo del espacio infinito, una gota de agua suspendida sobre un océano negro agitado constantemente por las puntas de las alas del ángel de la fatalidad.
Un rouseau pensant, dice Pascal, una caña pensante mecida por el viento de la incertidumbre, algo falible, una pasión inútil. ¿Sueno fatalista acaso? Sí, porque la única certeza que ahora tengo (y abre bien los oídos aunque te duelan), la única certeza que tengo y que tienen los millones de personas que arrastran su miserable existencia por la faz de la agónica tierra es la de que, algún día, su vida dejará de arder como la antorcha al amanecer, como la estrella al explotar, como la luz al ser devorada por las tinieblas. La única certeza que el hombre tiene desde que nace es que va a morir.
En suma ¿quién soy? Soy algo con una sola certeza: la de mi propia muerte. De lo demás puedo dudar: del amor, del dolor, de la felicidad, de mi propia existencia, de ti, de los demás. Todas estas cosas son pequeñas y pasajeras, contingentes, podrían ser o no ser. Pero el amor es lo más trivial y mutable de todo: nace de una manera que nunca seré capaz de explicar y vive de formas tan extrañas... en esto es parecido al fuego, que crece oculto al hombre, varía, se expande, se contrae, es voluble, no permanece, se apaga si no se le alimenta; pero si se alimenta demasiado crece desproporcionadamente y lo consume todo... pero a pesar de esto sigue siendo una cosa trivial, la mayor que puede encontrarse en esta vida. ¡Es tan variable y tan efímero! Muere a la primera señal del abandono y del sueño.
El amor, veneno de los dioses y de los hombres, parecido en todos sus efectos al peor de los alucinógenos: mientras estás enamorado ves todo color de rosa, ves elefantes morados, margaritas que se deshojan, lluvia suave que cae sobre ti y te empapa, un sol que seca todas tus lágrimas y que sólo sale para ti; felicidad cayendo a diestra y siniestra. Tu cuerpo se estremece al vaivén de las pasiones y los sentimientos. Podrías morir de hambre si no tienes el aliento suave de sus palabras entrando con una fuerza y una luz enorme por cada uno de tus poros. Preferirías morir de sed si no recibieras el agua fresca y helada de sus besos deslizándose por tu piel. Pero como todo alucinógeno el amor tiene sus desventajas, todo en esta vida tiene un final y no hay cosas eternas. Aunque juraras por todos los dioses del Cielo y del Averno que cumplirás la promesa que hiciste de amar a alguien por el resto de tu vida, aunque lucharas con todas tus fuerzas y arrestos y aunque dieras tu vida para que aquella fuerza maravillosa que ha golpeado tu vida y vive en cada una de tus células no acabara jamás, sabes que no puedes perpetuarlo. En este caso el amor se convierte en una especie de drogadicción, que como todos los casos de drogadicción, es el estado más lamentable de la existencia.
Cuando el amor muere tan sólo queda el vacío y la soledad, es como hallarte perdido en una plaza, en medio de toda la gente que habla un lenguaje que no comprendes y aquella persona con la que ibas tomado de la mano, caminando tan seguro y confiado, sintiéndote grande y triunfador ya se ha ido y te ha dejado ahí tirado a la puerta, mojado y tiritando de frío. Aquel sol que calentaba, mantenía y sustentaba tu vida se ha apagado de repente y empiezas entonces a morirte de frío, de soledad y de angustia. ¿A dónde mirar si sólo hay sombras? ¿hacia dónde caminar si sólo hay oscuridades? ¿qué hacer si sólo hay desaliento, frustración y ganas de morir?
Por tal razón jamás (abre bien los oídos y el cerebro junto con tu caprichoso corazón. ¡Ábrelos bien y no me digas que nunca te lo dije!), jamás dependas de un amor como si dependieras de una droga, como si dependieras del agua, de la luz, del aire o de la tierra... ¡Jamás dependas del amor! Nunca confíes en los traicioneros ojos, en las engañosas palabras, en los débiles susurros, en las falaces promesas de un ser humano que te ofrezca compartir su efímera vida contigo. Desconfía de todo esto tal como desconfiarías de un mentiroso espejismo en el salvaje calor del desierto. Huye de alguien enamorado como si huyeras de la serpiente, como si huyeras de alguien contagiado de la peor peste de todas, como si le huyeras a la muerte misma; porque el amor y la muerte son una misma cosa, son las dos caras de una misma moneda llamada destino humano. Prefiere morir antes que amar, prefiere arrojarte desde lo alto de un barranco al vacío antes que lanzarte de lo alto de tu vida a la incertidumbre de unos brazos que te reciben llenos de espinas y desprecios. Prefiere cegarte antes que contemplar una belleza de la cual nunca serás dueño; prefiere encontrar primero una buena razón para morir, que mil razones para amar. Nunca ames, porque amar es invocar la muerte, es crear con un sí para luego destruir con un no; amar es desperdiciar la vida, la miserable vida que tienes en otra vida aún más miserable que la tuya. Que el amar te sea tan prohibido como el matar, amar es morir en vida, nunca lo olvides. Y por último nunca ames, porque al amar a alguien, lo único que haces es matarlo con la peor muerte que puede existir... muerte por amor, por lo más vano e inútil de la vida, el peor de los motivos para morir.
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