RÉQUIEM POR UN CLOWN
A Paulina
¿Qué haces ahí tirada en el andén con tus ojos cubiertos por la desgracia y el dolor? Cualquier cosa que digas o que hagas no te servirá de nada para intentar reparar esa terrible verdad de la que te has enterado. ¿Entonces qué sentido tiene que sigas llorando sobre la leche derramada y que aún quieras reunir los escombros para armar de nuevo aquello que tú sola construiste y de lo que ahora no quieres desprenderte? Recuerda que no es buena idea guardar muertos en la alacena porque toda la casa puede empezar a oler mal. Entonces deja ya de aférrate a esos pedazos que todavía guardas con insistencia entre tus dedos y déjalos ir.
Recuerdo la primera vez que me hablaste de él. Era una tarde cálida de enero en la que el sol caía sin piedad sobre las calles polvorientas y los tejados grises de tu barrio. Hablaste de él como hablarías de un espectáculo de feria, se notaba en cada una de tus palabras que te habías dejado encantar por sus trucos traídos de Ultramar, por su lenguaje de teutón vencido y por sus grandes y aceitunados ojos. También podía notarse –y cómo no, si todo el aire estaba tan empalagoso que parecía una enorme ola de mermelada flotando sobre el polvo de la acera– que tú querías tenerlo para ti sola, para que te deleitara llevándote cosas extrañas: una pirámide egipcia, el obelisco de Alejandro, la aguja del pajar, una fotografía de la Atlántida y un trozo de la Santa Cruz. Y entonces decidiste apelar a todos los trescientos siglos de tradición femenina acumulados en tí para tejer esa red invisible y pegajosa en la que caería inexorablemente aquel hiperbóreo espécimen del cual te hallabas prendada.
¿Fue él quien cayó en tu red o fuiste tú la que caíste en su imperceptible y vistoso juego de naipes marcados al revés? Nosotros decidimos creer que había sido lo primero cuando te vimos alzar triunfantemente los brazos y gritarle a los cuatro vientos que azotaban la ropa en las terrazas que lo habías conseguido y que, ahora sí, Moisés podía seguir avanzando por el desierto, Julio César conquistando las Galias, y todos nosotros podíamos largarnos al infierno o un poco más allá pues tú ya tenías lo que querías: habías logrado que el hombre de feria, venido de más allá de los siete mares, acostumbrado a dejarse arrastrar por los vientos de agosto, se detuviera por un instante a contemplar tu exótica belleza y a complacerte con sus relatos de Indochina, sus luces de Bengala, sus camisas de Taiwán y sus besos taciturnos de Copenhague.
Creo que fue entonces cuando lo conocí. Sí, fue esa tarde en la que me hallaba escribiendo la triste historia del hombre que se había colgado cabeza debajo de un árbol de duraznos por culpa de las lluvias de abril, cuando lo vi por primera vez. Venía contigo flotando en el aire, a dos centímetros exactos del suelo donde me hallaba sentado. Te tenía cogida de la mano con la firmeza de un ancla de galeón español, como si temiera que la más ligera brisa pudiera llevarte lejos. Y tu lo mirabas con los ojos vacíos, en blanco, completamente absorta en la contemplación de sus cabellos engominados, su nariz de prócer y su mandíbula perfectamente recortada, y sólo cuando me pisaste la cabeza fue que te diste cuenta de que yo existía. Le pediste al Hombre-Diez que te permitiera descender al suelo para saludarme y él te lo concedió, no sin antes marcar tus labios con un beso, como queriendo emular el gesto del propietario que marca con el hierro a su res favorita. Y luego con tu voz penetraste lentamente en mis oídos para contarme que éste que tienes ante tus ojos es el Ser más perfecto de la Creación, la Obra Maestra de los dedos de Dios, la Octava Maravilla, ahora en posesión y dominio exclusivamente míos.
La verdad es que al principio me dejé llevar por su música secreta de domador de serpientes, por su figura de emperador romano y por su aroma de duque inglés, pero después reaccioné y tuve que hallar todos los caminos disponibles para huir del desastre que habría significado el rendirme ante sus pies. Incluso me negué a darle la mano cuando tuvo la compasión de presentarse, pero no lo hice por descortesía (como me lo reprocharías después) sino porque no quería que me hipnotizara con sus malas artes, o que me contagiara con la peste que traía pegada a la piel y de la cual tú eras la primera y única víctima. Luego, los vi alejarse por la calle polvorienta, levitando en un sueño fantástico y alucinante por encima de los niños que jugaban en los andenes, mientras que yo, triste y miserable mortal, me complacía en mi solitario rincón contemplando el atardecer y también el pedazo de yeso que se había desprendido de la cara de tu Superman nórdico sin que te hubieras dado cuenta.
Durante las dos semanas siguientes me dediqué por completo a estudiar aquel singular fragmento. Podía ser el espolón de un barco, la escalera de una pirámide azteca, el menisco de un futbolista, el largo brazo de la Ley, o todas las cosas al tiempo o quizá ninguna: todo dependía de la posición en que fuera colocada esa diminuta pieza de yeso. Pero aún no entendía cómo había logrado desprenderse de la cara de aquel hombre, dignatario plenipotenciario de los confines del Orbe y heredero de los arcanos de todos los magos del Oriente y más allá. Y la curiosidad, gusano gigante que devora sigilosamente la tranquilidad del espíritu, hizo que me encaminara hacia la casa de aquel tipo y averiguara qué era lo que estaba sucediendo.
No tardé mucho en atravesar las trece cuadras que me separaban de la carpa gigante en la que él vivía. Me tropecé enseguida con los esqueletos de siete payasos entretenidos en demostrar que el tiempo es tan sólo el paso misterioso de esferas innombrables sobre las cabezas de los espectadores. También encontré un pájaro trapecista, un león del Senegal, una bailarina tailandesa huérfana de hijos y con un viejo que comía espadas damasquinas para mitigar el hambre centenaria. Pero a él no lo encontré, a pesar de que pregunté con insistencia y hastya hice voltear la arena de la pista para ver si se había ocultado allí, pero todo fue inútil. El hombre se había esfumado.
Me devolví lentamente hacia mi casa meditando a cada paso lo que debería hacer: tendría que olvidarme del asunto o seguir luchando para vencer mi curiosidad. Lo cierto es que, mientras caminaba, iba encontrando más pedazos parecidos al que yo tenía; los recogí con afán, con devoción y el rastro me condujo directamente hacia tu casa donde te encontré llorando, con más trozos de yeso entre las manos y dispuesta a contarme qué te había pasado.
Y lo hiciste. Me dijiste que él había llegado a tu puerta, pero ya no era él, ese él de quien tú te habías enamorado, de quien te habías adueñado. Ese él era otro, era todo lo contrario a tu Príncipe Azul, era el sapo de jeta enorme, era el bufón decapitado, era el horror encarnado, la muerte misma que había venido a probarte… pero allí estaban su cara radiante, sus labios perfectos, su cabello engominado… entonces, en un ataque de desesperación e incertidumbre, le agarraste con fuerza la cara y tiraste de ella hacia ti, y esa cara de desprendió como una lápida gris y muda, y sólo quedó en él esa expresión horrible y magra de la que no quieres ni acordarte por miedo a soñar con ella esta noche.
¿A dónde se fueron sus encantos, sus trucos, sus juegos, y sus artificios? ¿Dónde están sus palabras deslumbrantes, sus exóticos regalos y sus magníficos corceles? ¿Dónde han quedado tanta belleza, tanta galantería y tanta apostura? Con desesperación me gritas: No lo sé, no lo sé, pero en el fondo sí lo sabes. Están allí, en el final de los pedazos que aún intentas armar para que este sueño no se te escape, para seguir alucinando con cada una de sus caricias. Pero todo es inútil, esa máscara rota que quieres reparar, esa máscara que cubría su rostro, esa máscara que te hizo perder todo juicio y toda razón, esa más cara es la que te ha traído la muerte para burlarse de tí y que ahora te deja tirada en el andén, con los ojos negros, cerrados por el dolor, y con esa herida que no cierra y que está tiñendo de sangre y de espanto las calles del barrio.
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